Por Orlando Barone
LA NACION LINE
30 /09/03
El viaje a Borneo, suspendido
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Uno de mis amigos en el umbral de la tercera edad arrojó contra la pared el globo terráqueo que le había dado sentido a su vida. Ya no iba a necesitarlo más. Allí, desde hace tiempo tenía marcada una de las más de 13 mil islas que pertenecen a Indonesia. La isla elegida prometía tener el tamaño de un country y está ubicada en el archipiélago Natuna del Sur, en la costa de Borneo sobre el mar de la China. El mismo que había atravesado Marco Polo. Había sido su mejor fantasía durante toda una década y ahora se estaba despidiendo no sólo de un viaje sino del futuro. El globo terráqueo, caído y abollado por el golpe, daba menos pena que mi amigo. Sólo el hacerlo girar le había permitido saltar desde la anacrónica aldea local a la apoteotósica aldea global; y desde su modesto cautiverio de jubilado de caja general, apenas capaz de planear un veraneo en Las Toninas, al esplendoroso y lejano mundo de los paisajes de postal. Un mundo con imágenes de señores mayores con sienes plateadas, bronceándose al sol bajo cocoteros, mientras nativas de color canela, entrecubiertas con tenues túnicas malayas, servían en bandejas de bambú densos daikiris con una cereza pellizcada en el borde de las copas. Todavía recordaba los avisos que anunciaban aquella orgía de viajes de parejas maduras que, gracias al transformador sistema de cobertura feliz, alentado por el profeta de los ojos vivarachos azules, reavivarían la intensidad perdida y ya episódica de pasiones remotas. El globo terráqueo le había costado a mi amigo ciento setenta dólares. Nada. Qué eran. Lo contemplaba y ya viajaba: allá estaba la isla Juan Fernández donde le contaron que residió temporariamente Robinson Crusoe, allá estaban Las Galápagos con sus tortugas marinas de tamaño elefante. Y allá estaba el paraíso que el simpático, impecable y culto promotor de la AFJP "Magnífica edad" le sugería como destino cuando se jubilara y cobrara la "magnífica" renta acumulada. "Magnífica edad" invertía bien y cuando le llegara su turno recibiría un monto que daría envidia. Tendríamos aquí jubilaciones de mejor estándar que las escandinavas. Bastaba ver los anuncios con ancianos atléticos trotando por arenas tan blancas como sus canas. En comparación con esa promesa, el antiguo Estado de bienestar quedaría insignificante.

Cuando recorría el mundo con el dedo, mi amigo sentía que su mujer, detrás, respiraba nerviosa y exclamaba: ¡Parece mentira, nosotros dos allí! después de los primeros viajes empezaremos a llevar a nuestros nietos, uno por vez. ¡Ah!, y quiero conocer Acapulco: sentarme frente al mar y ser cantada por mariachis con sus anchos sombreros de charro con vivos de monedas de plata. También me gusta la langosta: en Indonesia es barata, dicen que no engorda y junto con las ostras de concha color malva es una comida tan común como aquí la ternerita con arroz. Por primera vez en muchos años mi amigo había sentido que también quienes se jubilaran en la Argentina del futuro tendrían derecho a concretar sus sueños además de soñarlos. Los descreídos no entendían ese paisaje de madurez próspera y privada que se ofrecía con sólo depositar una cuota que el tiempo iría multiplicando como los panes y los peces. Disfrutaría de un retiro mejor que los de Cantarero y Nazareno. Que es decir mucho. Mucho.

Mi amigo, por anticiparse a la aventura, se había comprado un quepi de soldado indio para cubrirse del sol de las probables playas tórridas, y para su esposa una capelina de rafia como la de Meryl Streep en "Africa mía".

Lo que más lo excitaba era que ella -a su edad- se animara a hacer topless , como le había prometido, echada sobre un pareo de batik en la arena. Qué lástima. Se le rompió el sueño: por eso rompió el globo terráqueo de acrílico. Sabe que ya no podrá ir a aquella isla. Ahora ni siquiera le puede ir a cantar a Gardel.

FAMILIA

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