Uno
de mis amigos en el umbral de la tercera edad arrojó contra
la pared el globo terráqueo que le había dado sentido
a su vida. Ya no iba a necesitarlo más. Allí, desde
hace tiempo tenía marcada una de las más de 13 mil
islas que pertenecen a Indonesia. La isla elegida prometía
tener el tamaño de un country y está ubicada en el
archipiélago Natuna del Sur, en la costa de Borneo sobre
el mar de la China. El mismo que había atravesado Marco Polo.
Había sido su mejor fantasía durante toda una década
y ahora se estaba despidiendo no sólo de un viaje sino del
futuro. El globo terráqueo, caído y abollado por el
golpe, daba menos pena que mi amigo. Sólo el hacerlo girar
le había permitido saltar desde la anacrónica aldea
local a la apoteotósica aldea global; y desde su modesto
cautiverio de jubilado de caja general, apenas capaz de planear
un veraneo en Las Toninas, al esplendoroso y lejano mundo de los
paisajes de postal. Un mundo con imágenes de señores
mayores con sienes plateadas, bronceándose al sol bajo cocoteros,
mientras nativas de color canela, entrecubiertas con tenues túnicas
malayas, servían en bandejas de bambú densos daikiris
con una cereza pellizcada en el borde de las copas. Todavía
recordaba los avisos que anunciaban aquella orgía de viajes
de parejas maduras que, gracias al transformador sistema de cobertura
feliz, alentado por el profeta de los ojos vivarachos azules, reavivarían
la intensidad perdida y ya episódica de pasiones remotas.
El globo terráqueo le había costado a mi amigo ciento
setenta dólares. Nada. Qué eran. Lo contemplaba y
ya viajaba: allá estaba la isla Juan Fernández donde
le contaron que residió temporariamente Robinson Crusoe,
allá estaban Las Galápagos con sus tortugas marinas
de tamaño elefante. Y allá estaba el paraíso
que el simpático, impecable y culto promotor de la AFJP "Magnífica
edad" le sugería como destino cuando se jubilara y cobrara
la "magnífica" renta acumulada. "Magnífica
edad" invertía bien y cuando le llegara su turno recibiría
un monto que daría envidia. Tendríamos aquí
jubilaciones de mejor estándar que las escandinavas. Bastaba
ver los anuncios con ancianos atléticos trotando por arenas
tan blancas como sus canas. En comparación con esa promesa,
el antiguo Estado de bienestar quedaría insignificante.
Cuando recorría el mundo con el dedo, mi amigo sentía
que su mujer, detrás, respiraba nerviosa y exclamaba: ¡Parece
mentira, nosotros dos allí! después de los primeros
viajes empezaremos a llevar a nuestros nietos, uno por vez. ¡Ah!,
y quiero conocer Acapulco: sentarme frente al mar y ser cantada
por mariachis con sus anchos sombreros de charro con vivos de monedas
de plata. También me gusta la langosta: en Indonesia es barata,
dicen que no engorda y junto con las ostras de concha color malva
es una comida tan común como aquí la ternerita con
arroz. Por primera vez en muchos años mi amigo había
sentido que también quienes se jubilaran en la Argentina
del futuro tendrían derecho a concretar sus sueños
además de soñarlos. Los descreídos no entendían
ese paisaje de madurez próspera y privada que se ofrecía
con sólo depositar una cuota que el tiempo iría multiplicando
como los panes y los peces. Disfrutaría de un retiro mejor
que los de Cantarero y Nazareno. Que es decir mucho. Mucho.
Mi amigo, por anticiparse a la aventura, se había comprado
un quepi de soldado indio para cubrirse del sol de las probables
playas tórridas, y para su esposa una capelina de rafia como
la de Meryl Streep en "Africa mía".
Lo que más lo excitaba era que ella -a su edad- se animara
a hacer topless , como le había prometido, echada sobre un
pareo de batik en la arena. Qué lástima. Se le rompió
el sueño: por eso rompió el globo terráqueo
de acrílico. Sabe que ya no podrá ir a aquella isla.
Ahora ni siquiera le puede ir a cantar a Gardel.
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