La encrucijada que ya se consumió a los políticos,
a la política, a la banca, a los empresarios filantrópicos,
a los sindicalistas gordos y a la maldita policía empezó
a tragarse al periodismo. En los últimos años ha pagado
un alto precio: el de perder la mitad de la adhesión que
antes suscitaba. Todavía tiene veintisiete puntos de imagen
positiva, pero está quince puntos detrás de la Iglesia,
a la que antes igualaba.
Un aire de sospecha amenaza su vínculo con la sociedad y
pone en riesgo la razón de ser de nuestro oficio.
El infortunio nacional provee a la pantalla de damnificados pobrísimos,
expuestos a sostener el rating con su propia tragedia. La provee
también de mensajeros que suelen aprovecharse de aquéllos:
mientras se lamentan teatralmente miran de reojo cómo asciende
o desciende el nivel de la audiencia. La especialista Elisabeth
Noelle Neuman dice que "los medios tratan de no discrepar con
lo que está esperando y quiere la gente, y tienden a ofrecerle
el mensaje que ésta espera". La tentación demagógica
es obvia. Quieren lágrimas, van dolores; quieren esperanza,
van masajes dulzones. Con ambos estímulos extremos se soba
al que supuestamente los espera. Y si mañana cambian los
caprichos sociales, el mensaje los sigue.
La realidad les sirve a los reality show, a los programas de chismes,
a los noticieros catárquicos y a los traficantes de intereses,
para simular que están ejerciendo nuestro oficio. Es fácil
reconocerlos. Sus protagonistas hacen ostentación de poder
y suelen reírse mucho en público. O si se contienen,
se les nota. Seguramente celebran ser considerablemente más
ricos que los modestos periodistas estándar: ya que son más
lábiles para la recepción de ingresos extras y para
favorecer inevitablemente el mensaje que conviene. Derraman populismo,
bravatas fascistas, patrioterismo, untuosa afectación pública
y xenofobia. Riñen entre uno y otro, como estrellitas histéricas,
para realimentar antagonismos domésticos y para que la riña
sea la noticia. Son a la profesión como son a la medicina
un curandero, un abortero o un fenicio que medra con recetas y diagnósticos.
A veces tienen el consultorio lleno, mientras el del médico
honesto está vacío.
La sociedad convive con este periodismo apócrifo que acentuó
su poder, no por casualidad, en la década del espíritu
del mercado y de la "desespiritualización" de la
persona. Sobre este humus, donde el mensaje intelectual, humanista
y científico ha sido reemplazado por el de los gurúes
de los grandes grupos financieros, los periodistas se tornan más
vulnerables. Lobbies e intereses van queriendo corromperlos, presionándolos
ante el riesgo del desempleo. O corriéndolos a la periferia
mediática del dial o del cable. Delegados de aquéllos
compran espacios o son invitados como columnistas sin revelar que
su sinuoso compromiso está en otra parte. Los delata un imposible:
no se puede emitir un mensaje de transparencia si el emisor no es
transparente. Pero a veces confunden.
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El pensador Pierre Bordieu dice que "es la televisión
la que define el juego: los temas de los que hay que hablar, y qué
personas son importantes y cuáles no. Alienante para el resto
de la profesión, la televisión está ella misma
alienada, porque vive muy particularmente sometida a las imposiciones
del mercado. El que pierde dos puntos de rating se queda afuera".
Para quedarse adentro y no ser expulsado por el control remoto,
el periodista debe adecuarse al show: gestualizar como un vendedor
callejero que recomienda con voz amplificada un producto que su
insignificancia no se merece y cuya verosimilitud no le consta.
O proclamar investigaciones cumbre que sólo consisten en
disparar una denuncia barrial irrelevante. Un cóctel, en
fin, que combina folletín, efectismo y escándalo con
la misma grandilocuencia. Las noticias "viven revolcadas en
un mismo lodo, todas manoseadas". Expertos audiovisuales que
saben provocar incendios temáticos se montan en la credibilidad
del oficio sin importarles cargarlo de descreimiento. Hay tendencias
deformantes. La del comunicador que acompaña con excesos
faciales, con caritas dramáticas, una noticia impresionante
que no requiere ayuda interpretativa. Hay intencionalidad de formar
una falsa familia con el teleespectador y la audiencia. Si bien
la gráfica es menos propensa a esta descarnada lucha por
exacerbar la puesta en escena, no se exceptúa del contagio.
No es el show el que invade al periodismo. Desgraciadamente es a
la inversa. La sociedad damnificada, "los perdedores",
como ya saben que cuanto más actúan más los
atienden las cámaras y grabadores, perfeccionan el alarde
de sus miserias. La ponen en escena a sabiendas de que cuanto más
exageran sus laceraciones, más los compadecen y filman. El
periodismo va tras ellos como sigue el reguero de miel un oso atacado
de glotonería.
Uno no es colega de otro por compartir un metro cuadrado, un rubro,
una ideología, sino por compartir una ética. De los
más de diez mil periodistas registrados, la mayoría
de quienes tienen trabajo vive en forma modesta o apenas cómoda,
de su sueldo o contrato. No obtiene cachets extras ni promociona
disimuladamente a un candidato, a un banquero, o a un lobby colmado
de intereses. Pero los que se relamen, los que a veces se hacen
notorios, son quienes engordan sentados a su mesa. La sociedad no
es de palo. Tan distraída o aquiescente en atiborrarse de
información espectáculo a canilla abierta, debería
discriminar la calidad de su ingesta: evitaría hartarse.
Ahora ha reaccionado. Falta que reaccione el periodismo. Yo arrojo
mi modesta piedra. No escondo la mano.
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