Lo
bueno de los argentinos es que vivimos desayunándonos. Ahora,
con la presunta corrupción en el Senado. ¿Pero cómo
ahora? ¿No era que lo sabíamos desde antes? ¿No
había reconocido ya Cantarero en una célebre entrevista
que había cobrado? ¿Lo de la Banelco lo inauguró
el arrepentido Pontaquarto o era público y notorio en el
2000? ¿Cafiero no lo denunció entonces con énfasis
y el vicepresidente renunció por eso?
No. Pareciera que se nos olvidó. Y ahora
andamos medio boquiabiertos, papando moscas y anoticiándonos
de lo que conocemos. La pregunta sería: ¿Somos tarados
o únicamente lo parecemos?
Expertos incesantes en el arte de descubrir la
pólvora, hoy nos atrevemos a pensar que en De la Rúa
hay mucho más de atrevido (en el peor de los sentidos) que
de aburrido o pavo, como insistíamos en creer.
Si seguimos así vamos a terminar descubriendo
que hay concentraciones a las que a la gente se la lleva como a
ovejas, a cambio de una coca y un pancho o que a los más
pobres —que son tantos— los votos se los compran punteros
de barrio con promesas de ayuda social. O, incluso, que en una de
ésas hay gobernadores que se eternizan en sus cargos, no
porque desparramen progreso en sus alicaídas provincias sino
porque utilizan un aparato político —más vecino
a la asociación ilícita que a un partido— disciplinador
del voto. Descubrimos el clientelismo, bah.
|
Entonces seguramente,
sofocados por la más santa indignación, arribaremos
a alguna consigna extralúcida como: "¡Que se vayan
todos!", que al culpabilizar al conjunto, disculpa a los culpables
y así no se va ni uno.
Esta manera de vivir, de asombro en asombro, a salto de mata, nos
lleva a hacer como los locos, que empiezan cada día. Todo
es nuevo para nuestra eterna, indescifrable inocencia, lo que no
es obstáculo para seguir creeyéndonos los más
piolas entre los cancheros.
Quizás entre la multitud de sorpresas
que se abate sobre nosotros tengamos reflejos para avivarnos de
que, muy claramente, hay instaladas en la Argentina dos formas muy
pero muy distintas de abordar la política. Una sería
la línea —para tomar como ejemplo la mitológica
provincia de Buenos Aires— Rosas-Barceló-Mercante-Calabró.
De la otra sabemos menos, porque es embrionaria y pugna por transparentar
lo que la tradicional opaca.
Nada hace prever que el clientelismo —nacido
en Roma y vivito y coleando en Italia— venga a morir en un
país cercano al fin o a otra cosa del mundo, como se terminó
en ciertas sociedades de avanzada. Pero para cobijar un resquicio
de esperanza habrá que cambiar, al menos y definitivamente,
asombro por experiencia |