Boyer es director de investigaciones del Centro Nacional de Investigación
Científica y de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias
Sociales de Francia. Vino invitado por la embajada de su país
para presentar su libro "Los modelos productivos". Dictó
conferencias en el CEIL-PIETT/Conicet, el IADE y las universidades
de Buenos Aires y La Plata.
La escuela francesa de la regulación —que
usted representa— se ha destacado por sus análisis
de las crisis en el capitalismo. ¿Cómo caracteriza
usted la etapa actual?
—La crisis se manifiesta en dos niveles.
Uno es el financiero, de especial incidencia en los años
90. Las crisis asiática del 97, la rusa del 98 y la brasileña
del 99 son ejemplos claros. La Argentina actual es otro ejemplo
desgraciado. Una característica central de esta etapa es
la difusión de la crisis financiera en países que
no la conocían, como Japón o los del sudeste asiático.
El segundo nivel de la crisis se refiere a la economía de
EE.UU. Porque en los años 90 se creyó que con la nueva
eco nomía se había encontrado un nuevo régimen
de crecimiento, liderado por las tecnologías de la información
y apoyado por los mercados financieros, que traería crecimiento
y prosperidad estables.
¿Este auge de la economía de la información
tenía bases sólidas?
—Tenía una parte que era muy sólida,
en la medida que la gran novedad de los años 90 es el casamiento
entre la informática y la información —Internet—,
que facilita la gestión de las empresas y la transmisión
de las informaciones. Pero esta era una innovación genérica,
porque se aplicaba en todos los sectores, pero no radical, porque
sólo ha profundizado lo que era el teléfono o el fax.
¿Cuáles son los impactos de la crisis norteamericana?
—El impacto se da principalmente a través
del deterioro de los balances financieros. Porque las empresas de
la nueva economía invirtieron demasiado, lanzaron acciones
en el Nasdaq y se endeudaron. La consecuencia es la pérdida
de riqueza de los ahorristas, la disminución de las tasas
bursátiles y la quiebra de grandes firmas como Enron.
¿Es a partir del afán de acumulación que se
explica la ilusión por la informática?
—Esta ilusión se fundó en
el hecho de que desde hacía quince años se buscaba
un sucesor al régimen fordista, basado en la producción
en grandes fábricas de bienes de carácter uniforme
para el consumo masivo. Primero se creyó que sería
el modelo toyotista japonés, que modernizaba la producción
al permitir la salida de productos en series menores y más
diferenciadas según las distintas clientelas. A partir de
1995, aparece el boom de la informática en el Silicon Valley
y muchos gobernantes y empresarios pensaron que el porvenir estaba
allí. Hubo flujo de capitales financieros del mundo entero
hacia el mercado norteamericano, pero cuando se advirtió
que las nuevas firmas no eran tan rentables, brutalmente el mercado
se dio vuelta.
El modelo fordista permitía a los asalariados consumir productos
fabricados de manera masiva. Su cambio no sólo se produjo
en el modo de producir, sino en la capacidad de consumo. ¿Cómo
lo explica?
—Obviamente, la relación salarial
fordista, que está en el corazón del modelo de crecimiento
hasta los años 70, disminuye a partir del auge de las políticas
monetarias conservadoras, de tal manera que el ingreso de los asalariados
se vuelve muy sensible a la coyuntura: las industrias licencian
y despiden y esta gente se emplea en los servicios o en nuevos sectores,
con salarios más bajos, más precariedad y sin sindicalización.
Surgen formas muy desiguales de la relación laboral, bien
distintas de la uniformidad salarial del fordismo.
Esta transformación fue acompañada
por el auge del neoliberalismo. ¿Cómo se legitima
hoy el deterioro en las condiciones de vida de las mayorías
asalariadas?
—La quiebra de Enron, por ejemplo, mostró
algo escandaloso. Los trabajadores lo perdieron todo: empleo, fondos
de pensión, participación accionaria en la empresa
cuando lo tenían. Pero en EE.UU se da algo peculiar. En los
países europeos o en América latina, los asalariados
pauperizados o despedidos acusan al sistema; en EE.UU, los perdedores
se acusan a ellos mismos por serlo. Con los ojos de los norteamericanos,
la crisis es una invitación a volver a empezar, a enriquecerse
nuevamente.
Es interesante la distinción entre lo que piensan los norteamericanos
de su propia economía y cómo ve el resto del mundo
lo que provocan las políticas neoliberales. Al respecto,
¿cómo se podría interpretar la crisis argentina?
—Si tomáramos al pie de la letra
la retórica del Consenso de Washington, el derrumbe de Argentina
marcaría el fracaso de ese modelo, porque se aplicaron todas
las recetas: privatización de las empresas estatales, disminución
del gasto público, privatización de las jubilaciones,
apertura del capital internacional, abolición de las barreras
aduaneras. La sorpresa es que el modelo no funcionó. Pero
otra vez hay una doble interpretación, según estemos
en Washington o en Argentina. Desde allá es muy simple: la
culpa es de la convertibilidad, que fue inventada por los argentinos
pero nunca propuesta por el FMI. Algunos reaccionarios añadirían
que la Argentina es un país ingobernable. Desde aquí
la opinión es otra, porque la realidad divergió totalmente
de la retórica a partir de la cual se vendió el modelo.
Inclusive en los períodos de alto crecimiento, la desigualdad
aumentó. De esa forma, la cuestión es la adopción
misma del modelo.
¿El fracaso argentino no implica que la riqueza que perdió
el país fue a parar a otro lado, es decir, que fue un éxito
para algunos actores económicos?
—Tal vez sea un éxito privado para
algunos agentes muy poderosos, pero es un gran fracaso público
de las elites dirigentes. En la medida en que no se puede aceptar
que los niños que se mueren de hambre son el precio que se
paga para que algunos se conviertan en millonarios, es un gran fracaso.
Yo diría que si los argentinos ricos mandan sus dólares
a EE.UU. y contribuyen a la riqueza norteamericana y a la suya propia,
sólo agravan la crisis económica argentina.
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En este proceso, no sólo los capitales norteamericanos ganaron,
sino también los europeos. ¿Cómo lo ve usted?
—Creo que en el caso de Argentina, los
Estados Unidos y Europa tienen dos roles distintos. Los norteamericanos
se especializaron en todo lo que tiene que ver con las finanzas,
mientras que los europeos trajeron tecnologías en lo que
tiene que ver con servicios públicos. Por lo tanto, los europeos
siguen siendo industrialistas, mientras que los norteamericanos
tienen una lógica en extremo financiera. Por eso puede haber
conflicto de intereses.
¿En qué terreno se manifiesta esta disparidad de intereses?
—Le voy a dar un ejemplo: el problema de
la llamada gobernabilidad mundial. Para los norteamericanos, todo
va bien, a excepción del terrorismo. Para los europeos, nada
está bien: inestabilidad financiera, pérdida de influencia
de aquellas instituciones que defienden la salud y el trabajo, acentuación
del subdesarrollo de las naciones más pobres y de las desigualdades
y, sobre todo, el carácter no multilateral de la gestión
de los grandes problemas internacionales. Hay muchas oposiciones
entre europeos y norteamericanos. Pero durante los períodos
de crisis, la reacción más rápida viene de
EE.UU, que impone las soluciones.
¿Esta división también se expresa respecto
del caso argentino?
—Creo que la cuestión es bastante
compleja. Es cierto que es Domingo Cavallo quien propone la convertibilidad
y no el FMI, pero éste impone medidas de liberalización
y de flexibilización del mercado de trabajo. Y a partir de
1997 el FMI declara a la Argentina como un muy buen alumno y la
felicita públicamente. El hecho de que el FMI pare su financiamiento
puede ser interpretado de varias maneras. Una es la preeminencia
del núcleo que plantea que no hay que ayudar a los que quiebran,
porque se crea un problema de "riesgo moral". La segunda
es que, desde la crisis asiática, el FMI no tiene más
paradigmas tan rigurosos como a principios de los años 90.
La tercera es que, vista desde Washington, Argentina es un país
raro. Es probable que algunos funcionarios del FMI quieran hacer
de la Argentina un caso aislable y que sirva de ejemplo. La crisis
argentina es tan incierta y compleja que ni los economistas argentinos
ni los del FMI aciertan con un diagnóstico. Por eso resurge
la vieja ideología de cortar el presupuesto, flexibilizar
el mercado de trabajo, etc. Pero no habría ninguna racionalidad
económica en el plan que el FMI quiere imponer.
Los neoliberales sostienen que la intervención política
interfiere en el sano desarrollo de la economía. ¿Cómo
ve usted la relación entre política y economía?
—Es un viejo mito. Para los liberales,
el Estado sólo puede hacer daño a la economía.
La paradoja es clara: ¿cómo es que en EE.UU. el Estado
interviene tanto? Bush es un republicano y, sin embargo, impulsa
muchas medidas económicas desde el Estado, para compensar
las crisis provocadas por el mercado. El otro punto importante es
que los políticos tuvieron demasiada confianza en las finanzas.
Cuando los países fueron hacia la liberalización financiera,
más grave resultó la crisis. En aquellos países
que resistieron —como Taiwan, India, China, Chile, Malasia—,
los políticos no dejaron entrar a los capitales de corto
plazo y la crisis fue mucho más moderada. Por ende, los políticos
podrían ser una barrera frente a las crisis suscitadas por
la entrada de capitales.
Sin embargo, en la mayoría de los países periféricos
no lo fueron y asumieron el discurso antiestatista. Esta apertura
de los países periféricos, ¿no fue funcional
a la acumulación de los centros, donde se reforzaba la acción
del Estado?
—Voy a responderle a través de un
análisis crítico de la globalización. La globalización
es el discurso que inventaron las multinacionales norteamericanas
para hacerse abrir todos los mercados de los países emergentes.
Y utilizaron con vigor los Estados y las organizaciones multilaterales
para conseguir esa apertura. De tal manera que para ellos, efectivamente,
los Estados débiles eran la premisa favorable para negociar
condiciones de acceso más fáciles. Es cierto que hay
un doble discurso. Por un lado, pretendemos que el mundo entero
tiene igual receta, pero las medidas de ajuste son para los países
de las periferias. Sólo un ejemplo, que está en el
libro de Joseph Stiglitz: cuando en Estados Unidos la burbuja estalla,
bajan las tasas de interés, para evitar que todos los bancos
quiebren. Cuando lo mismo ocurre en Corea, el FMI recomienda subir
las tasas de interés, lo que aumenta las quiebras de los
bancos. El objetivo era simplemente abrir los bancos coreanos al
capital multinacional. De tal manera que es cierto que hay un Estado
estratégico en el centro y Estados débiles en la periferia.
La globalización es una falsa convergencia.
¿Cuál es la alternativa para los Estados nacionales
periféricos, en este momento preciso de la globalización?
—Abrirse al exterior puede significar cosas
muy distintas: aceptar trabajadores, inversiones productivas, ideas,
finanzas, recetas de organización de una sociedad. Mi recomendación
sería muy simple: que a través de la deliberación
política se analice qué gana la sociedad abriéndose
o cerrándose en cada caso. Para mí, el diagnóstico
es claro: no hay que abrirse a los capitales de corto plazo si uno
es un país emergente, sino que hay que abrirse al capital
productivo y directo a condición de que se lo controle. Si
nos abrimos a los capitales especulativos, podemos imaginar que
somos muy ricos en el corto plazo, pero ese capital se va a ir y
seremos todavía más pobres que cuando entró.
Hay que contar con las propias fuerzas e intentar recomponer las
bases productivas. Para mí, el gran tema sería disciplinar
las finanzas. Y segundo, organizar el comercio internacional, estabilizando
las tasas de cambio. Para eso, la solución sería constituir
zonas de integración económica regionales, de las
cuales uno de los modelos, aunque imperfecto, es Europa.
¿La clave reside en encuadrar la actividad del mercado?
—Sí. El mercado gana cuando la sociedad
no es capaz de generar compromisos institucionales para organizarse.
Si la sociedad está muy dividida, muy conflictuada, muy corporativizada,
las elites utilizan el mercado para atomizarla y segmentarla. Si
eso ocurre, es el gran momento para la renovación política
y para volver a encontrar lo que desea la ciudadanía. El
mercado puede estar perfectamente limitado a cosas menores, como
establecer el precio relativo entre ese lápiz y esa grabadora,
y no organizar toda la vida social.
Entonces, ¿para los trabajadores la única alternativa
es la política?
—Claro. La política es la única
barrera contra el neoliberalismo.
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