La Nacion
MIERCOLES 16 de Junio de 2004
 
 

El teatro de la realidad televisiva

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Nada hay más lejos de un actor que un periodista. Aquél crea o interpreta desde la ficción; el periodista lo hace desde la realidad. Sin embargo, en los noticieros de televisión, el énfasis sentimental y la gesticulación dramática han alcanzado umbrales caricaturescos. Conductores, movileros y columnistas de ambos sexos lucen como aspirantes a un casting para elencos de folletines, y sus esfuerzos interpretativos se empeñan en remedar los de malos actores y actrices en roles desafortunados.

Los noticieros manan sangre y lágrimas. Los sobrecargan de tal manera que la sociedad parece Afganistán después de las bombas. Y mientras manan, el productor, fuera de cámaras, salta histéricamente alborozado por haber acertado la sobredosis y relamiéndose por cuánto subirá el rating. Es que el derrame emocional ya descontrolado se lleva por delante los límites de la ficción por ser ésta la manera en que la televisión da hoy las noticias. Nunca tantas víctimas y damnificados ofrecieron a los periodistas la tentación de revelarse como intérpretes del género trágico o dramático. En su exageración, y si la noticia es de rango maternal o infantil -rubros propensos a la melosidad y al desconsuelo gestual-, los periodistas de la tevé rozan en vuelo libre el misticismo o la filantropía.

Una forzada y sobreactuada bondad alimenta una retórica empalagosa. Hay en los noticieros un guión truculento y plañidero que, para evitar la chapucería de los simuladores, exigiría, al menos, la urgente participación de actores y actrices verdaderos. Habiendo aquí profesionales de la escena capaces de simular un sentimiento trágico con igual convicción que el que realmente sentirían en circunstancias reales, ¿para qué usar protagonistas de otro género que al final resultan falsos? Ya que van a ficcionalizar la realidad, que contraten a especialistas.

Los textos y títulos que se difunden desnudan su afán de venta y marketing con la creatividad básica de un redactor publicitario todavía pasante y que fue aplazado en la materia.

 

El sentimentalismo cunde en los noticieros de la televisión con la autenticidad de una máscara fabricada en serie. Pero debajo de ella ni siquiera está la cara anterior sino el vacío que la cara del periodista ha ido dejando entre tantas mutaciones. Kant estudió y consideró una debilidad de la voluntad dejarse dominar por estímulos buscados con el fin de sentir y hacer sentir algo con cualquier pretexto. Todo vale ante una teleplatea que se contagia fácilmente si el mensaje que escucha viene acompañado con las palabras y el histrionismo de una estrategia que busca los picos emocionales.

Es que se trata de teatralizar la realidad con el estilo de la ficción, pero logrando nada más que la apariencia. Los que miramos la pantalla también hacemos nuestro aporte: interactuamos convalidando el artificio.

Esta tendencia sentimental incluye a otros géneros de noticias: las deportivas y de espectáculos. Allí los periodistas-actores se convierten en hinchas o en cholulos presumiendo, al invocar o entrevistar a un ídolo o a una estrella, que mantienen con el entrevistado una amistad íntima aunque sólo lo hayan visto una vez en su vida en una conferencia de prensa en algún aeropuerto.

Tal vez todo esto no sea sino un pacto mutuo entre los noticieros y nosotros. Nos magnifican la realidad para que nos caiga tan irreal como una telenovela. Y magnifican el miedo superando al que infunden los criminales auténticos.

Sólo que un periodista no está para llorar el mundo ni para aterrarlo. Está para contarlo.

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