Aun
cuando hay medios y periodistas dispuestos a emprender el desafío
de la autocrítica, la mayoría prefiere todavía
envolverse en el acogedor regazo del halago público
Al ser incorporado esta semana, en sesión pública,
a la Academia Nacional de Periodismo, Joaquín Morales Solá
pronunció un discurso centrado en la urgencia de que el periodismo
argentino haga la autocrítica de lo que lo desvía
de su misión esencial.
Siguió de tal manera el conferenciante la línea trazada
en un artículo de reciente publicación en La Nación,
que el presidente de aquella academia, José Claudio Escribano,
señaló por su repercusión inmediata y notable
en el acto de recepción del nuevo académico. Si se
suman a ambas piezas el documento "Invitación al cuestionamiento",
aprobado en septiembre de 1998 por la asamblea anual de la Asociación
de Entidades Periodísticas (ADEPA), y los sucesivos llamados
a la reflexión que en ese mismo sentido ha hecho La Nación
en su política editorial de los últimos años,
queda constituido un cuerpo de doctrina para el debate sobre el
comportamiento de la prensa argentina.
Dada la importancia del tema, entregamos a continuación el
texto completo del discurso de Morales Solá.
La Argentina atraviesa por la crisis más profunda que cualquier
argentino vivo pueda recordar. Un elemento central de la crisis
de la nación es la autodestrucción sistemática
de todas sus instituciones. La crisis económica, que ha condenado
a la desesperación y al hambre a millones de argentinos,
es más difícil de resolver por la carencia de las
instituciones políticas, que en épocas normales podrían
haber permitido una rápida reconstrucción económica.
Paralelamente, aquella crisis institucional ha potenciado en el
país el fenómeno universal que constituye la presencia,
vasta e inabarcable, de los medios de comunicación. Carente
de instituciones fiables, con un Estado que pasó del exceso
de presencia al exceso de ausencia, la sociedad se volcó
hacia los medios de comunicación, como una instancia válida
e insustituible del reclamo social.
Ambos fenómenos, la crisis inédita y la sobrevaloración
social de los medios de comunicación, deben llevarnos a una
reflexión sobre el papel que nos cabe en medio del enorme
conflicto nacional. Es imposible imaginar una solución nacional,
en las actuales circunstancias, si en ella no está incluido
un nuevo concepto de la responsabilidad de los medios de comunicación
y de los periodistas, que no puede ser otro que el viejo concepto
de un periodismo serio y riguroso, honesto y justo.
Una primera pregunta surge casi ineludible: ¿podríamos
hacer los cambios necesarios si antes no nos detenemos con una mirada
crítica en nuestra gestión de los últimos años?
Hace poco, en un artículo que publiqué en el diario
donde escribo, La Nación, formulé una pregunta más
a fondo aún: ¿podemos los medios y los periodistas
ser absolutamente inocentes de la catástrofe nacional cuando
venimos de ser protagonistas importantes de la vida pública?
¿Podríamos ser un islote de inocentes en medio de
un océano de culpables? Mi respuesta inmediata es: no, no
somos inocentes, aunque la culpa tiene grados distintos entre todos
los protagonistas de la crisis.
Sin embargo, una primera advertencia que debe hacerse, lealmente,
es que este debate ya se ha originado y se ha originado dentro del
propio periodismo. Más aún: es el primer caso de un
sector decisivo de la vida nacional que prefiere mirarse en el espejo
por decisión propia, antes de que lo obliguen a enfrentarse
con su pasado. Es cierto, para decirlo también fielmente,
que esa acción es aún incipiente y sobre todo insuficiente.
Aun cuando hay medios y periodistas dispuestos a emprender el desafío,
la mayoría prefiere todavía envolverse en el acogedor
regazo del halago público y en el exceso de protagonismo.
No podemos, no obstante, cerrar los ojos a los primeros síntomas
de cierta decadencia. Las encuestas de opinión pública
son a veces contradictorias, pero la tendencia es clara: estamos
descendiendo cada vez en la escala de la consideración pública.
De todos modos, debemos rescatar el hecho de que alguien -o algunos-
empiece a mirarse críticamente en la Argentina destruida.
Miremos si no el ejemplo de la corporación política,
que está siendo llevada a la autocrítica como se lleva
a un reo al patíbulo. Todavía se resiste al verdugo
que constituiría una saludable introspección sobre
lo que hizo, sobre lo que no hizo y sobre las oportunidades que
perdió.
En otros sectores de la vida nacional -empresariales, sindicatos
y vastos núcleos sociales- prefieren sólo demonizar
la política. La política tiene una responsabilidad
enorme e incomparable, pero la decadencia de la Argentina, sin explicación
racional posible, reconoce a muchos más actores que la política
y los políticos.
Empecemos, por lo tanto, por posar la mirada en nosotros mismos.
Tenemos un primer problema: el argentino común suele hablar
de los "medios" y de "los periodistas", como
si todos fueran la misma cosa. Desde las entrañas de la profesión
sabemos que hay periodistas buenos y periodistas malos, que hay
periodistas honestos y periodistas deshonestos. Sabemos algo más
esencial aún: no todos los medios son iguales ni tienen las
mismas reglas ni se rigen por los mismos códigos.
La más elemental de las diferencias radica precisamente en
la condición del medio: gráfico o audiovisual. Si
bien el medio gráfico tiene un efecto directo menor en la
construcción de la opinión pública, es cierto
también que termina controlando casi el monopolio de esa
gestión de manera indirecta.
Una alianza de hecho expone, todos los días, una verdad:
no habría medios periodísticos audiovisuales si no
existieran antes las páginas de los diarios, que abastecen
de noticias y de personajes a la televisión y a la radio.
Un primer conflicto radica en el tratamiento de la noticia. El periodismo
gráfico, en sus grandes trazos, privilegia primero los hechos
y luego, al final y en dosis mucho menor, la opinión del
periodista o del medio. Al carecer muchas veces de información
propia, el periodismo audiovisual invierte el orden de las cosas:
la opinión es previa y más importante que los hechos.
Debemos reconocer, como atenuante de este exceso de pensamiento,
que la propia opinión pública reclama del periodismo
una voz vibrante y sonora y, generalmente, crítica. Pero
es responsabilidad nuestra saber distinguir entre un reclamo genuino
y un reclamo desmesurado. Cuando el periodismo cruza la frontera
entre la profesión y la charlatanería, lo que está
edificando es un discurso demagógico. Y entonces debemos
preguntarnos por qué el ejercicio de la demagogia debería
ser nefasto para la política y, en cambio, saludable para
el periodismo.
El periodista italiano Furio Colombo ha escrito: "Existe la
tendencia a perseguir y cortejar a esta nueva opinión pública,
vital y autónoma. Aflora cada vez con mayor frecuencia una
referencia a lo que la gente pide, lo que la gente quiere
|
, una referencia que
jamás ha favorecido al sistema de las informaciones. El periodismo
está en su mejor momento -dice Colombo- cuando es un asesor
independiente del público, no cuando se inclina ante sus
humores".
Aceptemos que algo de eso ha sucedido en la Argentina. Tal vez un
caso emblemático de esas confusiones ha sido la lista de
prioridades que nos fijamos los periodistas. Los casos de corrupción
en la administración pública ocuparon casi la totalidad
de nuestra agenda y de nuestra energía en la última
década.
No nos equivocamos si lo que buscábamos
era la reinstalación de ciertos parámetros mínimos
de moral en la administración pública. Y la sociedad
y nosotros resultamos encandilados por la fulguración del
delito, por el espectáculo de políticos que exhibían
sus miserias ante cámaras de televisión o que terminaban
en la cárcel. El periodismo cumplió, de alguna manera,
el papel que le tocaba a una justicia perdida entre los pliegues
de la política y de su propia corrupción.
Cumplimos la misión, el trabajo fue bueno, pero no fue suficiente.
Otras crisis, otros conflictos, se incubaban
en el país ante nuestra mirada indiferente. La desocupación,
la marginación de enormes sectores sociales y el hambre en
un país inmensamente rico, crisis sucesivas que estallaron
en los últimos meses, no fueron designios de la naturaleza
ni de un destino inevitable ni de la perversión de los de
afuera. Los periodistas no podemos responder por qué nos
sorprendimos ante la catástrofe.
¿Cómo pudimos imaginar, por ejemplo, que el Estado
argentino podría seguir gastando eternamente los recursos
públicos mientras adquiría monumentales deudas, dentro
y fuera del país? ¿Qué mundo podía seguir
financiando a un país que necesitaba préstamos al
ritmo de 2000 millones de dólares mensuales sin que su Estado
hiciera ningún esfuerzo para sanear sus cuentas?
Al mismo tiempo, no supimos advertir a tiempo que las principales
instituciones del Estado destinadas a crear redes de contención
social se habían convertido -se han convertido- en cotos
de caza de los principales partidos políticos. El gasto social
es, en gran medida, el gasto político real. Eso explica que
durante años la situación social se degradara sin
que el país, pletórico en la producción de
alimentos, tuviera un mínimo plan asistencial para los argentinos
arrojados al hambre.
De alguna manera, acompañamos a la sociedad argentina en
su tendencia natural a creer que la magia todavía es posible
para resolver los problemas concretos. Aún hoy, vastos sectores
sociales -y la propia política- parecen esperar el hecho
mágico que nos libere de las penurias del presente.
El ejercicio del periodismo tiene sólo dos límites.
Uno es horizontal y lo fija la ley. El otro es vertical y lo establece
la moral. La honestidad personal no es suficiente si no está
complementada, además, por la honestidad intelectual y por
cierto código de normas morales.
Nuestro medio en general, pero sobre todo el audiovisual, ha perdido
muchas de estas reglas en la búsqueda desesperada del rating.
Demagogia y amarillismo se cuelan demasiadas veces entre las páginas
de los diarios, entre los ruidos de la radio o entre las imágenes
de la televisión.
Sobre el país se abatió, en la década previa
al estallido de la crisis, una intensa marea de corrupción.
El periodismo no resultó invulnerable a ella. Aceptemos en
público lo que sostenemos en privado: la corrupción
existe entre personas y entre sectores del periodismo. Aclaremos
también que la inmensa mayoría del periodismo está
formada por hombres y mujeres honestos y esforzados, que a veces
trabajan más de lo humanamente tolerable, cuando trabajan.
Estoy igualmente convencido de que hay más jueces y hay más
políticos honestos que deshonestos. Sin embargo, la sociedad
los ha estigmatizado a todos por igual. Ese es nuestro riesgo: que
terminemos pagando justos por pecadores si antes no hacemos nosotros
mismos una autocrítica y una depuración.
Pero un obstáculo importante en el camino hacia esa necesaria
introspección es la soberbia. Los periodistas hemos estado
demasiado expuestos durante demasiado tiempo como para no caer fácilmente
en la autocomplacencia. A veces nos creemos infalibles. La historia
demuestra, no obstante, que la soberbia termina siendo, tarde o
temprano, un pecado imperdonable para la mayoría social.
No se puede pedir, desde ya, la uniformidad del periodismo cuando
es precisamente todo lo contrario, su pluralidad, lo que lo hace
fuerte y vivo. "Todo paisaje debe verse desde un punto de vista
determinado", según la fórmula de Raymond Aron.
De lo que se trata es de intentar construir una visión ética
y moral parecida sobre el ejercicio de la profesión, conservando,
desde ya, los estilos y las ideas de cada uno.
La crisis de la economía, que ha devastado
a los pobres pero que también ha desquiciado a las empresas,
no hizo una excepción con el periodismo. Los medios cargan
sobre sus espaldas con deudas contraídas en dólares
en el exterior, cuando era más fácil y más
barato endeudarse en los mercados internacionales. Este es un punto
crucial de nuestra situación actual.
El periodismo necesita conservar su autoridad moral para dar la
próxima batalla. El medio periodístico no es una empresa
cualquiera, porque concierne a la identidad histórica y cultural
de un país. El riesgo de hoy es la eventual extranjerización
de casi todos los medios de comunicación. Y eso significaría
una herida incurable en la construcción de la identidad cultural
de la Nación.
El periodismo es imperfecto por naturaleza. Necesitamos correcciones,
pero debemos evitar también un debate interminable y, por
lo tanto, inútil. Quizás una coincidencia primera
y mínima podría comenzar con una receta simple: volver
a las fuentes, lo que no quiere decir, desde ya, apartarnos de los
enormes y maravillosos progresos con que la ciencia y la tecnología
dotaron al periodismo moderno.
Quiere decir regresar a las viejas prácticas
de investigar, chequear y reconfirmar nuevamente, antes de consignar
y de publicar los hechos. Aceptemos que la opinión es importante,
pero más importante es aún la veracidad de lo que
se cuenta y la forma como se lo hace.
Hace pocas semanas, mi colega y amigo José
Ignacio López propuso, al incorporarse a esta academia, este
ámbito como un lugar posible
-y hasta ideal- para iniciar la construcción de esa visión
ética y moral común. Suscribo su propuesta.
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