Para
alcanzar el pleno empleo no solamente se hace necesario tener una
moneda propia y única con un verdadero Banco Central que
la emita con carácter exclusivo, sino que es necesario que
esa emisión se efectúe como contrapartida de la creación
de riqueza. Existen numerosos ejemplos en la historia económica
mundial que indican que es perfectamente factible expandir el crédito
y la cantidad de dinero para la producción, no para el Estado,
sin que ello genere inflación. El locus clasicus de esta
situación se dio en Alemania en 1924, después del
freno abrupto a la hiperinflación de 1923. El Banco Central
de Alemania cuadruplicó la oferta monetaria en 1924 y ello
no produjo inflación alguna, porque aumentó la demanda
de dinero y porque aumentó la producción. Lo mismo
ocurrió en Austria en 1923, luego de la inflación
de 1922, cuando se sextuplicó la emisión monetaria
sin que se produjese inflación alguna. Casos similares ocurrieron
en Polonia y en Hungría, en la misma época.
En todos los casos, la clave para generar una expansión
monetaria no inflacionaria radicó siempre en que el público
estaba convencido de que la nueva emisión monetaria no era
destinada a financiar los gastos del Estado, sino a financiar la
producción, en situaciones donde previamente había
una gran capacidad productiva ociosa y una hiperrecesión.
Estos hechos ocurridos en el decenio de 1920 dieron lugar a que
Keynes dijera en su "Teoría general": "En
tanto y en cuanto haya desempleo, el empleo se incrementará
en la misma proporción que la cantidad de dinero, y cuando
haya pleno empleo, los precios se incrementarán en la misma
proporción que la cantidad de dinero".
Esto se aplica hoy a nuestro país, donde hay 40% de desempleo
y subempleo y donde en la actualidad, por ejemplo, existe una capacidad
productiva de 15 millones de toneladas anuales de cemento, pero
solamente se producen tres millones. Doce millones de toneladas
no se fabrican por falta de demanda en un país en el que
faltan viviendas, faltan redes de agua potable, faltan cloacas,
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carreteras, escuelas,
aeropuertos y cárceles. El caso de la industria automotriz
es también dramático. Esta industria puede producir
700.000 automóviles por año, pero trabaja al 15% de
su capacidad, es decir, produciendo solamente alrededor de 100.000.
En términos de la teoría cuantitativa básica
del dinero, M=PQ. Si aumenta M, la cantidad de dinero, y Q, la producción,
no tiene por qué aumentar P, esto es, el índice de
precios.
El establecimiento de una moneda única permitiría
al Banco Central redescontar hipotecas en pesos para la venta de
viviendas nuevas y créditos prendarios para la venta de nuevos
automóviles y otros bienes, en especial de capital. Y también
permitiría la expansión de la infraestructura básica
contra la securitización de flujos de fondos destinados a
la construcción de carreteras y redes de saneamiento de agua
potable y cloacas. Los créditos hipotecarios sobre viviendas
representan menos del tres por ciento del PBI en la Argentina, contra
el 100% en Estados Unidos. La cantidad de crédito con relación
al PBI es insignificante en nuestro país y puede ser aumentada
varias veces sin peligro de inflación, siempre con la condición
de que el crédito no vaya al Estado y no se utilice para
fabricar expedientes.
El crédito al sector privado en la Argentina es equivalente
al 10% del PBI contra un 60% en Chile y un 100% en España.
Nuestra economía está ahogada tontamente por falta
de crédito al sector privado productivo.
Para que este enfoque de crédito a la producción
no genere desconfianza y temor a la inflación es necesario,
además, que el Gobierno tenga previamente finanzas públicas
sanas, lo cual puede asegurarse simplemente derogando reintegros
y transferencias de la renta fiscal, que en la actualidad tienen
vigencia y que superan largamente los diez mil millones de pesos
anuales.
El autor es profesor titular de Economía
y Finanzas de la UBA.
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