Aldo Ferrer.
Para Clarin 12/01/03
 
 
Mitos de la globalización
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Después de la devaluación y el quiebre de la política económica dominante de los 90 parece abrirse una nueva etapa, plagada de interrogantes. Aldo Ferrer, profesor consulto de la UBA, señala que el desafío es recuperar el tiempo perdido, construyendo una perspectiva propia de la globalización y del desarrollo del país como condición necesaria para resolver la crisis, poner la economía en marcha y consolidar la democracia.


El neoliberalismo, o sea, el fundamentalismo globalizador, plantea que la revolución científico-tecnológica provoca la desaparición de los espacios nacionales como ámbito primario de la actividad económica y social. Las personas serían hoy individuos que integran tejidos y redes transnacionales, organizados a partir de las decisiones de los centros que ejercen el poder en el orden global. Es decir, las corporaciones y los mercados financieros mundiales más un reducido grupo de grandes potencias, en primer lugar, los Estados Unidos.

Anacronismos

En consecuencia, los estados nacionales y la democracia representativa en la periferia constituyen un anacronismo del viejo orden. En todo caso, sus dirigencias solo pueden aceptar la realidad. Por lo tanto, las únicas decisiones viables consisten en transmitir señales amistosas a los titulares del poder global y renunciar a la existencia de una moneda nacional y otros instrumentos propios de conducción autónoma de la economía.

Si no lo sufriéramos en carne propia, Argentina constituiría un caso de estudio apasionante porque es el país que aplicó, hasta sus últimas consecuencias, el fundamentalismo globalizador. Los aparentes éxitos iniciales, en el transcurso de la década de los 90, hicieron creer que, efectivamente, la estrategia adoptada era correcta. Los hechos terminaron por demostrar exactamente lo contrario.

El fundamentalismo globalizador es funcional, en primer lugar, a los mercados financieros especulativos. Prosperan con el aumento de la demanda de crédito y el arbitraje de activos y pasivos financieros, aunque no tengan nada que ver con la actividad real de la producción, inversiones, comercio y empleo.

Por eso, es en la actividad financiera donde proliferan los más fervientes epígonos del neoliberalismo. Sobre todo, en países de la periferia, como el nuestro, que no lograron construir un fuerte sentido de pertenencia a un destino común y una perspectiva propia del comportamiento del sistema. En tales casos, sucede que las elites económicas más influyentes conciben la acumulación de poder en una función subordinada a los intereses transnacionales. Carecen así de la capacidad de impulsar modelos de desarrollo integrados e inclusivos del conjunto de la sociedad, abiertos al mundo y capaces de establecer relaciones simétricas no subordinadas con la globalización. El resultado inevitable es el subdesarrollo, gran desigualdad en la distribución del ingreso, fracturas profundas en la sociedad, inestabilidad institucional y vulnerabilidad de la seguridad jurídica y el régimen de contratos. Argentina es hoy un ejemplo notable.

El neoliberalismo está actualmente jaqueado en todo el mundo. La ortodoxia, bien vista por los mercados y promovida por el FMI, está siendo muy criticada por su incapacidad de enfrentar las crisis y ordenar el comportamiento de los mercados. En el terreno académico, son cada vez más y más notables las voces que se alzan para cuestionar los supuestos del fundamentalismo globalizador. La evidencia empírica es abrumadora.

Por una parte, las sucesivas crisis en mercados emergentes y burbujas especulativas incluso en los países desarrollados. Por otra, la comprobación que la globalización de las finanzas, el comercio, las inversiones y la información, coexisten con la realidad de los espacios y los estados nacionales. Dentro de estos se realiza el 90% del producto total de la economía mundial que, a su vez, se destina en un 80% a los propios mercados internos. Entre 8 y 9 de cada 10 trabajadores en el mundo produce para el mercado interno de sus respectivos países. Apenas el 10% del producto mundial corresponde a las actividades transnacionalizadas. Y solo el 20% de la producción mundial traspone las fronteras nacionales. Entre 1 y 2 de cada 10 ocupados trabaja para la economía global.


En cuanto a la inversión, más del 90% de la mundial se financia con el ahorro interno de los países. O sea, que las inversiones de las filiales de las corporaciones transnacionales solo aportan el 10% de la inversión total. A su vez, el 95% de la inmensa masa del movimiento de capitales financieros, que se refleja en movimientos diarios de los mercados cambiarios, del orden de los dos billones de dólares, son de carácter especulativo no vinculados a la economía real.

Al mismo tiempo, el enfoque endógeno de la teoría del desarrollo, destaca que los tejidos productivos y sociales, las instituciones, los valores, los procesos acumulativos de capital, tecnología y eficiencia en la administración de recursos, se construyen, en primer lugar, dentro de cada sociedad en su propio espacio territorial. Abierto y vinculado, al mundo, pero apoyado en la solidez de los vínculos interiores fundados en la historia y la cultura de cada sociedad, en la capacidad de organizar los propios recursos. Nada de esto puede importarse ni aprenderse en un manual adquirido en Washington, Londres o Frankfurt. Cada sociedad, cada país, construye su trayectoria y su realidad. En todo caso, su éxito depende de la eficacia de sus respuestas a las oportunidades y amenazas que plantea la globalización.

Es preciso reflexionar sobre la naturaleza de la globalización y el desarrollo para salir del callejón sin salida en el cual el neoliberalismo ha encajado a la Argentina. Nuestra experiencia revela el costo de las políticas neoliberales. Terminaron por desubicar al país en el sistema internacional y llevarlo, incluso, a la cesación de pagos. En todas las áreas principales de la globalización, las respuestas fundamentalistas no pudieron ser peores.

En materia comercial, apertura del mercado interno con tipo de cambio sobrevaluado. Respecto de las filiales de corporaciones transnacionales, la ausencia de marcos regulatorios apropiados provocó un gigantesco déficit en el balance de pagos porque las filiales gastan mucho más divisas de las que ganan exportando. En cuanto a las finanzas, el aumento explosivo de la deuda externa e inmensas rentas especulativas.

Por último, la convertibilidad implicó el abandono de la moneda nacional y un chaleco de fuerza para la política económica. De todo esto surge, sin embargo, una conclusión positiva. A saber: que, pese a todo, Argentina no es apenas un segmento del mercado mundial sin capacidad de construir su propio destino y lugar en el mundo. Por el contrario, su territorio, población y potencial de recursos le proporciona los medios necesarios para salir adelante.

Luchar pese a todo

En default y sin acceso al crédito internacional, en medio de la crisis descomunal provocada por el fundamentalismo globalizador, la opinión pública comienza a comprender que el país puede levantarse con sus propios medios. Que la capacidad productiva disponible y el superávit del balance de pagos, proporcionan los medios reales para poner la economía en marcha y generar empleo y que el eventual acuerdo con el FMI es una cuestión de segunda prioridad subordinada a una política propia de reactivación y crecimiento con equidad.

La construcción de una perspectiva propia de la globalización y del desarrollo es una condición necesaria para resolver la crisis, poner la economía en marcha y consolidar la democracia. Para instalar una negociación madura con el FMI y los mercados financieros que permitan pagar deuda y establecer los vínculos financieros externos en condiciones compatibles con la recuperación y el crecimiento.

ECONOMIA - FINANZAS
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