El neoliberalismo, o sea, el fundamentalismo globalizador, plantea
que la revolución científico-tecnológica provoca
la desaparición de los espacios nacionales como ámbito
primario de la actividad económica y social. Las personas
serían hoy individuos que integran tejidos y redes transnacionales,
organizados a partir de las decisiones de los centros que ejercen
el poder en el orden global. Es decir, las corporaciones y los mercados
financieros mundiales más un reducido grupo de grandes potencias,
en primer lugar, los Estados Unidos.
Anacronismos
En consecuencia, los estados nacionales y la
democracia representativa en la periferia constituyen un anacronismo
del viejo orden. En todo caso, sus dirigencias solo pueden aceptar
la realidad. Por lo tanto, las únicas decisiones viables
consisten en transmitir señales amistosas a los titulares
del poder global y renunciar a la existencia de una moneda nacional
y otros instrumentos propios de conducción autónoma
de la economía.
Si no lo sufriéramos en carne propia,
Argentina constituiría un caso de estudio apasionante porque
es el país que aplicó, hasta sus últimas consecuencias,
el fundamentalismo globalizador. Los aparentes éxitos iniciales,
en el transcurso de la década de los 90, hicieron creer que,
efectivamente, la estrategia adoptada era correcta. Los hechos terminaron
por demostrar exactamente lo contrario.
El fundamentalismo globalizador es funcional,
en primer lugar, a los mercados financieros especulativos. Prosperan
con el aumento de la demanda de crédito y el arbitraje de
activos y pasivos financieros, aunque no tengan nada que ver con
la actividad real de la producción, inversiones, comercio
y empleo.
Por eso, es en la actividad financiera donde
proliferan los más fervientes epígonos del neoliberalismo.
Sobre todo, en países de la periferia, como el nuestro, que
no lograron construir un fuerte sentido de pertenencia a un destino
común y una perspectiva propia del comportamiento del sistema.
En tales casos, sucede que las elites económicas más
influyentes conciben la acumulación de poder en una función
subordinada a los intereses transnacionales. Carecen así
de la capacidad de impulsar modelos de desarrollo integrados e inclusivos
del conjunto de la sociedad, abiertos al mundo y capaces de establecer
relaciones simétricas no subordinadas con la globalización.
El resultado inevitable es el subdesarrollo, gran desigualdad en
la distribución del ingreso, fracturas profundas en la sociedad,
inestabilidad institucional y vulnerabilidad de la seguridad jurídica
y el régimen de contratos. Argentina es hoy un ejemplo notable.
El neoliberalismo está actualmente jaqueado
en todo el mundo. La ortodoxia, bien vista por los mercados y promovida
por el FMI, está siendo muy criticada por su incapacidad
de enfrentar las crisis y ordenar el comportamiento de los mercados.
En el terreno académico, son cada vez más y más
notables las voces que se alzan para cuestionar los supuestos del
fundamentalismo globalizador. La evidencia empírica es abrumadora.
Por una parte, las sucesivas crisis en
mercados emergentes y burbujas especulativas incluso en los países
desarrollados. Por otra, la comprobación que la globalización
de las finanzas, el comercio, las inversiones y la información,
coexisten con la realidad de los espacios y los estados nacionales.
Dentro de estos se realiza el 90% del producto total de la economía
mundial que, a su vez, se destina en un 80% a los propios mercados
internos. Entre 8 y 9 de cada 10 trabajadores en el mundo produce
para el mercado interno de sus respectivos países. Apenas
el 10% del producto mundial corresponde a las actividades transnacionalizadas.
Y solo el 20% de la producción mundial traspone las fronteras
nacionales. Entre 1 y 2 de cada 10 ocupados trabaja para la economía
global.
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En cuanto a la inversión, más del 90% de la mundial
se financia con el ahorro interno de los países. O sea, que
las inversiones de las filiales de las corporaciones transnacionales
solo aportan el 10% de la inversión total. A su vez, el 95%
de la inmensa masa del movimiento de capitales financieros, que
se refleja en movimientos diarios de los mercados cambiarios, del
orden de los dos billones de dólares, son de carácter
especulativo no vinculados a la economía real.
Al mismo tiempo, el enfoque endógeno de
la teoría del desarrollo, destaca que los tejidos productivos
y sociales, las instituciones, los valores, los procesos acumulativos
de capital, tecnología y eficiencia en la administración
de recursos, se construyen, en primer lugar, dentro de cada sociedad
en su propio espacio territorial. Abierto y vinculado, al mundo,
pero apoyado en la solidez de los vínculos interiores fundados
en la historia y la cultura de cada sociedad, en la capacidad de
organizar los propios recursos. Nada de esto puede importarse ni
aprenderse en un manual adquirido en Washington, Londres o Frankfurt.
Cada sociedad, cada país, construye su trayectoria y su realidad.
En todo caso, su éxito depende de la eficacia de sus respuestas
a las oportunidades y amenazas que plantea la globalización.
Es preciso reflexionar sobre la naturaleza de
la globalización y el desarrollo para salir del callejón
sin salida en el cual el neoliberalismo ha encajado a la Argentina.
Nuestra experiencia revela el costo de las políticas neoliberales.
Terminaron por desubicar al país en el sistema internacional
y llevarlo, incluso, a la cesación de pagos. En todas las
áreas principales de la globalización, las respuestas
fundamentalistas no pudieron ser peores.
En materia comercial, apertura del mercado interno
con tipo de cambio sobrevaluado. Respecto de las filiales de corporaciones
transnacionales, la ausencia de marcos regulatorios apropiados provocó
un gigantesco déficit en el balance de pagos porque las filiales
gastan mucho más divisas de las que ganan exportando. En
cuanto a las finanzas, el aumento explosivo de la deuda externa
e inmensas rentas especulativas.
Por último, la convertibilidad implicó
el abandono de la moneda nacional y un chaleco de fuerza para la
política económica. De todo esto surge, sin embargo,
una conclusión positiva. A saber: que, pese a todo, Argentina
no es apenas un segmento del mercado mundial sin capacidad de construir
su propio destino y lugar en el mundo. Por el contrario, su territorio,
población y potencial de recursos le proporciona los medios
necesarios para salir adelante.
Luchar pese a todo
En default y sin acceso al crédito internacional,
en medio de la crisis descomunal provocada por el fundamentalismo
globalizador, la opinión pública comienza a comprender
que el país puede levantarse con sus propios medios. Que
la capacidad productiva disponible y el superávit del balance
de pagos, proporcionan los medios reales para poner la economía
en marcha y generar empleo y que el eventual acuerdo con el FMI
es una cuestión de segunda prioridad subordinada a una política
propia de reactivación y crecimiento con equidad.
La construcción de una perspectiva propia
de la globalización y del desarrollo es una condición
necesaria para resolver la crisis, poner la economía en marcha
y consolidar la democracia. Para instalar una negociación
madura con el FMI y los mercados financieros que permitan pagar
deuda y establecer los vínculos financieros externos en condiciones
compatibles con la recuperación y el crecimiento.
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