Ese llanto
que acontece en momentos felices, en reencuentros, quizás
en un orgasmo, puede ser la clave para entender eso que todos conocen
y de lo que nadie sabe: el goce. De esa experiencia que es como
el placer -pero no-, que parece traumática -y sí-,
habla esta nota.
Nada nos interroga cuando las lágrimas
brotan de una experiencia de sufrimiento, pero otras lágrimas
no son fáciles de explicar: las que surgen ante situaciones
felices. Lágrimas que aparecen en un reencuentro largamente
esperado o cuando una prolongada y penosa búsqueda se ve
coronada con el éxito. Un orgasmo particularmente intenso,
a veces, desencadena el llanto. Se presentan, estas lágrimas,
como signos de algún desgarro doloroso, ignorado, en el seno
de una profunda experiencia de satisfacción. Las llamamos
lágrimas de lo real, y ponen de manifiesto la estructura
bicéfala -placer y dolor- de lo que en psicoanálisis
se designa con el término "goce".
El goce constituye la meta final en la búsqueda de satisfacción
del sujeto pero, al mismo tiempo, se presenta habitualmente bajo
el rostro de un peligro a su integridad, cuyas causas ignora. Por
ello el sujeto se encuentra profundamente dividido ante el goce:
busca alcanzarlo y se protege de su proximidad. Como experiencia
subjetiva, el goce no se alcanza sino cuando se atraviesan las barreras
de protección. De ahí que gozar esté acompañado
del dolor que provoca un peligro consumado. Las lágrimas
de lo real son un índice de esta paradójica coincidencia.
El goce tiene una contracara que, en general, no se muestra simultáneamente:
el sujeto siente desdicha o culpa por haber gozado y teje un manto
de olvido al goce experimentado. Otras veces la conciencia ignora
que una situación dolorosa sea el disfraz visible de un goce
oculto. Es lo que aportó Freud a la comprensión de
la estructura del síntoma neurótico: el sujeto sufre
con su síntoma sin saber que ahí goza.
El goce es imposible alcanzarlo en la realidad, pero a veces el
encuentro del sujeto con lo imposible se produce más allá
de lo que se denomina "principio del placer". Por relación
con la búsqueda compulsiva del goce, el principio del placer
define su función. Jacques Lacan escribió: "El
principio del placer mantiene un límite en relación
al goce"; "El principio del placer nos indica que, si
hay un temor, es el temor de gozar, siendo el goce, hablando con
propiedad, una abertura de la que no se ve el límite y de
la que no se ve tampoco la definición"; "...Es
lo que se llama el principio de placer: no nos quedemos allí
donde gozamos, porque Dios sabe adónde nos puede conducir"
(Seminario 17: "El reverso del psicoanálisis, Ed. Paidós).
El principio del placer es también búsqueda de goce,
pero opera como un diafragma que sólo permite el paso de
"muestras representativas" del goce. Dentro del principio
del placer, lo real del goce sólo es obtenido por intermedio
de sus símbolos y la satisfacción lograda resulta
parcial, incompleta. Lacan utiliza términos como "goce
fálico", "goce del lenguaje", "goce del
saber", para las satisfacciones que se producen dentro del
principio del placer.
El goce traumático es lo que se realiza cuando el principio
del placer fracasa; cuando el "bla, bla..." tropieza y
se produce un desborde más allá del goce fálico.
Las situaciones que he citado al comienzo, en torno a las lágrimas
del goce, tienen en común que remiten a una experiencia límite
donde, por un instante, el sujeto experimenta haber logrado lo más
deseado, haber alcanzado |
una meta que se le
presenta como el absoluto de la satisfacción esperada, haciendo
así presente la pérdida de los límites que
habitualmente separan la satisfacción esperada de la satisfacción
obtenida. Por agotar la sed del deseo, esas experiencias cobran
la significación de un pasaje, de un atravesar las barreras
del principio del placer que mantenían el goce como cofre
inalcanzable.
Goce y deseo
No es posible definir el estatuto del goce sin ponerlo en relación
con la estructura del deseo. El deseo se traduce subjetivamente
como búsqueda, esperanza, proyecto, promesa. Surge del sentimiento
de que algo falta. Participa de la experiencia de un vacío
e impulsa a hallar aquello que lo llene. Para desear es preciso
que "eso falte" y lo que falta al deseo remite a la "cosa
de goce", causa última de la estructura deseante. Pero
el deseo se presenta, además, como una defensa ante el goce.
Sucede a menudo que cuando un sujeto está por alcanzar la
meta de su deseo, resulta invadido por una extraña inquietud
y queda envuelto en una suerte de parálisis que termina por
anclarlo en la frustración, la derrota o el fracaso. En otros
casos la conquista de lo deseado, en vez de aportarle al sujeto
la felicidad prometida, termina generando un profundo derrumbe físico
o psíquico.
Están quienes evidencian comportamientos destinados a impedir,
no ya el acto conclusivo de un deseo, sino la propia búsqueda.
Por lo general encuentran razones que justifican la necesidad de
permanecer alejados del camino de su deseo e, incluso, se sienten
enaltecidos de tener que sacrificar su satisfacción personal
para atender las obligaciones de la vida. Aceptan resignadamente
que esa dicha no les está destinada y admiten con natural
resignación la renuncia a cualquier "exceso".
El obsesivo se comporta de manera inversa a la zorra de Esopo: apetecerá
las uvas cuando le resulte imposible alcanzarlas pero, si el impedimento
se desvanece, dirá: no quiero esas uvas porque están
verdes. La histérica, por su parte, podrá destinar
tremendos esfuerzos en reclamar a su amo lo que desea para reaccionar
luego con violencia si su demanda es complacida.
Un deseo muy intenso puede ser rechazado de la conciencia al punto
de no quedar casi huellas de él. Lo deseado, entonces, llega
a convertirse en objeto de un exaltado rechazo. Lacan llegó
a construir una especie de nosografía psicoanalítica
al distinguir las diversas tácticas defensivas del sujeto
en la preservación de su deseo como deseo incumplido: en
la histeria, la defensa reside en mantener el deseo insatisfecho;
el neurótico obsesivo sitúa a su deseo como imposible;
el fóbico lo conserva con técnicas evitativas.
Todos estos ejemplos ponen de manifiesto que el deseo encierra algún
peligro para el sujeto. Sin embargo, si miramos más de cerca,
advertiremos que el deseo como tal no necesariamente es rechazado:
la connotación de peligro solo está en relación
con la posibilidad de cumplimiento del deseo. El eje de la cuestión
no es el deseo sino ese otro término que estamos distinguiendo
de él, el goce. La diferencia entre deseos prohibidos y deseos
permitidos o incluso ordenados, es secundaria. La propia estructura
del deseo se manifiesta renuente a que "eso deje de faltar".
Es la función del principio del placer mantener al sujeto
a resguardo para que una dosis de insatisfacción sea preservada,
que siempre haya un pedacito de goce que falte y que el deseo insaciable
persista su inacabable búsqueda. Las satisfacciones permitidas
por el principio del placer son de nunca acabar y, cuando el deseo
alcanza su término, la dicha puede acarrear incómodas
consecuencias.
* Extractado del libro Lágrimas de lo real. Un estudio sobre
el goce, de próxima aparición (editorial Homo Sapiens).
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