MARTES 27 de Julio de 2004
Por Orlando Barone
Para LA NACION

El marketing del estrellato piquetero

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No hace falta leer a Giovanni Sartori ni a Umberto Eco para darse cuenta de que los líderes piqueteros actúan para la televisión y que ésta actúa para ellos. Hasta hace un tiempo nadie sabía, salvo sus vecinos de barrio, quiénes eran el matrimonio Castells, D´Elía, Pitrola, Chile, Ibarra, Vito y Alderete. Casi nadie se molestaba en enterarse que en ajenos andurriales hubiera gente que auspiciara otra clase de historia que la que siempre prevalece en democracia. Los pobres estaban con los pobres y entre ellos se entendían.

Pero hoy son estrellas. Y con recursos de marketing de tan bajo costo como el del nivel poblacional que representan. Es una lección para los especialistas que hayan logrado ocupar más espacio en los medios que el de una campaña publicitaria de inversión cuantiosa. La pionera fue Norma Plá. Sus cenizas fueron esparcidas en la plaza Lavalle. Pero nadie esperaba que fertilizaran tan rabiosas.

A medida que los piqueteros ascendieron en su protagonismo mediático más espectaculares fueron los reclamos. De la modesta quema de neumáticos en los barrios y rutas terminaron ocupando comisarías, hamburgueserías, casinos y locales trasnacionales. Todo en pequeña escala, si se exceptúa el ataque antiarquitectónico a la Legislatura. Pero todo concentrado en el foco de la mirada de la cámara, que a un acontecimiento fugaz lo convierte en larga duración, y a un desmán lo transforma, por efecto de la repetición obsesiva en la pantalla, en un asalto a La Bastilla.

Los piqueteros saben, por intuición, lo que los actores aprenden en las escuelas de arte. Que hay que estar allí donde está la cámara, y que para que ésta se decida a transmitir hay que ofrecer un motivo histriónico. Alguna provocación que sorprenda. Intuyen que esas imágenes sacuden a audiencias abrumadas por el exceso de estrés informativo y sumidas en el tedio metafísico, sobre todo si éste sucede confortable frente al televisor y en pantuflas.

Como los deudos de tragedias pobrísimas, que lloran sinceramente, pero todavía más cuanto más los enfoca la cámara y más los azuza el movilero preguntándoles qué sienten, los Espartacos urbanos se potencian cuanto mayor preeminencia les atribuye la prensa. Incitados por su inesperada consagración, que perciben asusta a la gran platea audiovisual, van imaginando cuál será el escándalo que más rabia cause en las clases dirigentes y medias. No aspiran a que alguien los quiera. Ni les importa que los odien. No se proponen lucir como caballeros en un debate culto con reglas de juego formalmente correctas. En cambio, sin rodeos, proclaman transgredirlas porque se asumen transgredidos por ellas.

Los medios que al principio cubrieron los piquetes por su naturaleza informativa acabaron cautivos de ellos tanto como la sociedad y el Gobierno. Allí donde van los piquetes va el periodismo. Si el negocio es la soja para qué buscar trufas. No hay discriminación o evaluación de la jerarquía noticiosa. Tampoco se pondera cuál es la incidencia de un piquetito en el contexto del mundo. El piquete argentino tiene el tamaño del Universo. En la pantalla lo grande y lo minúsculo ocupan el mismo espacio. El fuego que unos manifestantes hacen con un montón de ramitas adquiere en la televisión igual dimensión que el incendio de un bosque con bombas de napalm. Se sabe de movileros que enviados a un lugar de reclamo, si no ven la energía suficiente incitan a los manifestantes a vociferar y a prender fuego una cubierta para que la transmisión tenga gracia. Por suerte no son más imaginativos.

Haber convertido la realidad en un teatro tiene su precio. Ahora todos gritan porque los piquetes, que sólo deberían ser parte del reparto, se han convertido en las estrellas.

Su cachet ha aumentado últimamente.

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