Juancito
(Juan Gálvez) se mataba un día como hoy -o parecido-
en una S del camino de los chilenos, un paraje vecino a Olavarría.
Disputando la Vuelta a esa ciudad que abría el campeonato
anual de TC. Entonces observado el TC como una religión que
se profesaba de mil maneras diferentes. Y que se sostiene desde
entonces. Y antes, todavía. .Promediando el siglo, todavía
la gente tenía la radio, el vínculo de imaginación
y conocimiento.
No había otra cosa. La radio depositaba en el oído
la vida, la obra y los milagros de otra gente que corriendo un auto,
corría siempre en nombre de alguien. De algo. Llevando la
representación de un pueblo. O de una ciudad. En una de ésas,
lo que seducía a la gente era aquello de aplastar los caminos
de tierra que todavía eran mayoría frente al pavimento
que empezaba a llegar a horcajadas del progreso. Cuando el barro
progresivamente empezaría a perder una batalla que tenía
un final anunciado. .Entretanto, desde la primera convocatoria que
el hombre había hecho con el auto y el camino, en 1906, cuando
la Recoleta llegaba como podía hasta el Tigre (en realidad,
la carrera como tal iba desde Núñez hasta San Fernando),
estas aventuras se desarrollarían progresivamente un poco
por entusiasmo y bastante por necesidad. Lo impulsaba la interminable
extensión del territorio. .Y el auto, la bestia que nacía
rumorosa cuando arrancaba el siglo XX, no acreditaba una identidad.
Por eso es que hasta hoy mismo, alemanes y franceses porfían
por la propiedad de una cuna. Ese auto iba a ser el vínculo
para la comunión entre el hombre y el camino. Para aplacar
la distancia. Otra solución no había. .El auto, cuando
los años veinte consentían que se hablara de una Argentina
floreciente, capaz de alimentar al mundo, el coche mateo empezaba
a sentir que tenía los tiempos contados y el tranvía,
a su vez, presentía que más adelante debería
dejar vacías sus vías porque había nacido el
colectivo. Y empezaría a rodar el trolebús.
La contaminación ambiental era un problema
apenas insinuado cuando los hombres que manejaban automóviles
se empeñaban en correr todos los años una gran carrera:
el Gran Premio. .La convocatoria atraía gente de todas partes.Y
la radio llevaba y traía nombres, lugares y planillas. Y
más sueños. Puede ser que entonces, en el deporte
automovilístico, progresivamente se empezaran a forjar los
primeros ídolos; unos auténticos gladiadores eternamente
disconformes, estirando siempre sus exigencias. .Y la demanda crecía.
Y crecía el número de hombres que corrían.
Y el de los pueblos representados. Y el número de hazañas
conformando la leyenda que no necesitaba ser impresa para mantenerse
viva. .La Argentina soñaba sin cesar, renovando sus aventuras
con el auto. Había osado participar de Indianápolis,
cuando la pista roja de ladrillos era un imán. En el país
crecía una generación de automovilistas que masticarían
el freno de la segunda gran guerra. Vaya usted a saber cuántos
destinos deportivos se malograron mientras otros hombres enloquecidos
combatían, ensangrentando el mundo. .La Argentina continuaba
soñando sus sueños de distancia. ¿Por qué
no correr hasta Nueva York?
|
Después de
siete años, llegaba en 1948 la Buenos Aires-Caracas. Y la
anécdota continuaría creciendo empujada por la fábula.
El país daba a luz un Fangio para deslumbrar a Europa, cuando
la Europa decrépita, con cicatrices abiertas, se animaba
a sostener infantiles circuitos apretados por siniestros árboles
y pisos deteriorados. .Por el mismo tiempo, el de los hermanos Gálvez
pasaba a ser un apellido en la Argentina, referente del hombre y
del auto de carrera. Y Oscar, el más precioso símbolo
de la aventura que identificaba unas carreras únicas, sin
límites.
Casi imposibles. .Con trayectos delirantes. Buenos
Aires-Comodoro Rivadavia o Salta. O Santiado de Chile. Como si nada.
Haciendo autos mejores, más fuertes, más rápidos.
Alcanzando niveles que no habían imaginado siquiera sus propios
constructores en el Norte. .Gálvez, un apellido que tenía
en Oscar el hermano grande. Oscar, sin pretenderlo, iba a elaborar
a su hermano Juan -Juancito- como el mejor mecánico que vería
en su vida. Este Juan iba a ser el que progresivamente llevaría
con más fuerza el apellido por el mundo. ¿No había
sido Juancito el de mejor tarea absoluta en el GP de la América
del Sur, con más de 170 horas de carrera? ¿No iba
a ser Juancito el piloto más veces campeón con 9 títulos
en aquella pasión que seguía animando al GP, incluyendo
el de más dilatada trayectoria con más de once mil
kilómetros? ¿No ostentará en el siglo XX y
hasta hoy, en el nuevo siglo, con 57 el récord de carreras
ganadas? .Juancito tenía 47 años cuando sin hacerle
caso a Oscar se fue a correr a Olavarría. Porque a pesar
de sus títulos, de sus campeonatos y sus GP, quería
seguir ganando.
Este Juancito -en un día como hoy, en
una de ésas- mordía su impaciencia cuando la carrera
de Olavarría, por la lluvia de la noche, a punto de ser suspendida,
demoraba una hora su lanzamiento para que se pudiera correr. Mientras
el barro viscoso iba fraguando. Con la brisa del Oeste, el barro
se volvía más firme. Juancito iba ganando mientras
el barro obligaba a los pilotos a manejar muy duro, para poder sostener
el auto. Como en los viejos tiempos. Pero el barro se secaba...
.¿Luciría firme el sol cuando el coche azul con el
número 5 en las puertas, persiguiendo como un imposible,
tumbaba en una S del camino de chilenos? ¿Por qué
no iba atado Juancito, el hombre que más sabía de
coches y carreras? .Es que lo seguían acosando fantasmas
consumidos por el fuego. Viejos fantasmas como el de Gancedo, abrasado
en las Mil Millas del 50, cuando ni siquiera la gente podía
rescatar del fuego al pobre hombre... Nuevos fantasmas, como el
de Alvarez, acompañante de Clemente Domesi, mordido por la
nafta de una lata bailoteando en el interior de otro auto hecho
ceniza. Por eso no se ataba Juan ni les ponía pasadores a
sus puertas. .Y el 3 de marzo de 1963, un día como hoy -en
una de ésas- se mataba el más campeón. El mejor.
El referente. Juan Gálvez. El destino, siempre presumido
de insensible, colocaba una bisagra en la historia de los hombres,
los caminos y los autos. Y aquel día -un día como
hoy- guardaba silencio, conmovido. .Aquel día fatal .Llovió
mucho en la noche previa a la carrera de Olavarria; y estuvo a punto
de suspenderse; Juan tenía 47 años y en su dilatada
trayectoria acumuló 57 victorias, con récords; había
nacido el 14 de febrero de 1916, en Buenos Aires, y fue el más
ganador del TC. .
|