Por Alfredo Parga
De la Redacción de LA NACION
03/03/03
 
 
Juan, un ídolo eterno eterno
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El 3 de marzo de 1963, durante la Vuelta de Olavarría, se mató en un accidente el hermano de Oscar Gálvez; una época de oro de la velocidad

Juancito (Juan Gálvez) se mataba un día como hoy -o parecido- en una S del camino de los chilenos, un paraje vecino a Olavarría. Disputando la Vuelta a esa ciudad que abría el campeonato anual de TC. Entonces observado el TC como una religión que se profesaba de mil maneras diferentes. Y que se sostiene desde entonces. Y antes, todavía. .Promediando el siglo, todavía la gente tenía la radio, el vínculo de imaginación y conocimiento.

No había otra cosa. La radio depositaba en el oído la vida, la obra y los milagros de otra gente que corriendo un auto, corría siempre en nombre de alguien. De algo. Llevando la representación de un pueblo. O de una ciudad. En una de ésas, lo que seducía a la gente era aquello de aplastar los caminos de tierra que todavía eran mayoría frente al pavimento que empezaba a llegar a horcajadas del progreso. Cuando el barro progresivamente empezaría a perder una batalla que tenía un final anunciado. .Entretanto, desde la primera convocatoria que el hombre había hecho con el auto y el camino, en 1906, cuando la Recoleta llegaba como podía hasta el Tigre (en realidad, la carrera como tal iba desde Núñez hasta San Fernando), estas aventuras se desarrollarían progresivamente un poco por entusiasmo y bastante por necesidad. Lo impulsaba la interminable extensión del territorio. .Y el auto, la bestia que nacía rumorosa cuando arrancaba el siglo XX, no acreditaba una identidad. Por eso es que hasta hoy mismo, alemanes y franceses porfían por la propiedad de una cuna. Ese auto iba a ser el vínculo para la comunión entre el hombre y el camino. Para aplacar la distancia. Otra solución no había. .El auto, cuando los años veinte consentían que se hablara de una Argentina floreciente, capaz de alimentar al mundo, el coche mateo empezaba a sentir que tenía los tiempos contados y el tranvía, a su vez, presentía que más adelante debería dejar vacías sus vías porque había nacido el colectivo. Y empezaría a rodar el trolebús.

La contaminación ambiental era un problema apenas insinuado cuando los hombres que manejaban automóviles se empeñaban en correr todos los años una gran carrera: el Gran Premio. .La convocatoria atraía gente de todas partes.Y la radio llevaba y traía nombres, lugares y planillas. Y más sueños. Puede ser que entonces, en el deporte automovilístico, progresivamente se empezaran a forjar los primeros ídolos; unos auténticos gladiadores eternamente disconformes, estirando siempre sus exigencias. .Y la demanda crecía. Y crecía el número de hombres que corrían. Y el de los pueblos representados. Y el número de hazañas conformando la leyenda que no necesitaba ser impresa para mantenerse viva. .La Argentina soñaba sin cesar, renovando sus aventuras con el auto. Había osado participar de Indianápolis, cuando la pista roja de ladrillos era un imán. En el país crecía una generación de automovilistas que masticarían el freno de la segunda gran guerra. Vaya usted a saber cuántos destinos deportivos se malograron mientras otros hombres enloquecidos combatían, ensangrentando el mundo. .La Argentina continuaba soñando sus sueños de distancia. ¿Por qué no correr hasta Nueva York?

Después de siete años, llegaba en 1948 la Buenos Aires-Caracas. Y la anécdota continuaría creciendo empujada por la fábula. El país daba a luz un Fangio para deslumbrar a Europa, cuando la Europa decrépita, con cicatrices abiertas, se animaba a sostener infantiles circuitos apretados por siniestros árboles y pisos deteriorados. .Por el mismo tiempo, el de los hermanos Gálvez pasaba a ser un apellido en la Argentina, referente del hombre y del auto de carrera. Y Oscar, el más precioso símbolo de la aventura que identificaba unas carreras únicas, sin límites.

Casi imposibles. .Con trayectos delirantes. Buenos Aires-Comodoro Rivadavia o Salta. O Santiado de Chile. Como si nada. Haciendo autos mejores, más fuertes, más rápidos. Alcanzando niveles que no habían imaginado siquiera sus propios constructores en el Norte. .Gálvez, un apellido que tenía en Oscar el hermano grande. Oscar, sin pretenderlo, iba a elaborar a su hermano Juan -Juancito- como el mejor mecánico que vería en su vida. Este Juan iba a ser el que progresivamente llevaría con más fuerza el apellido por el mundo. ¿No había sido Juancito el de mejor tarea absoluta en el GP de la América del Sur, con más de 170 horas de carrera? ¿No iba a ser Juancito el piloto más veces campeón con 9 títulos en aquella pasión que seguía animando al GP, incluyendo el de más dilatada trayectoria con más de once mil kilómetros? ¿No ostentará en el siglo XX y hasta hoy, en el nuevo siglo, con 57 el récord de carreras ganadas? .Juancito tenía 47 años cuando sin hacerle caso a Oscar se fue a correr a Olavarría. Porque a pesar de sus títulos, de sus campeonatos y sus GP, quería seguir ganando.

Este Juancito -en un día como hoy, en una de ésas- mordía su impaciencia cuando la carrera de Olavarría, por la lluvia de la noche, a punto de ser suspendida, demoraba una hora su lanzamiento para que se pudiera correr. Mientras el barro viscoso iba fraguando. Con la brisa del Oeste, el barro se volvía más firme. Juancito iba ganando mientras el barro obligaba a los pilotos a manejar muy duro, para poder sostener el auto. Como en los viejos tiempos. Pero el barro se secaba... .¿Luciría firme el sol cuando el coche azul con el número 5 en las puertas, persiguiendo como un imposible, tumbaba en una S del camino de chilenos? ¿Por qué no iba atado Juancito, el hombre que más sabía de coches y carreras? .Es que lo seguían acosando fantasmas consumidos por el fuego. Viejos fantasmas como el de Gancedo, abrasado en las Mil Millas del 50, cuando ni siquiera la gente podía rescatar del fuego al pobre hombre... Nuevos fantasmas, como el de Alvarez, acompañante de Clemente Domesi, mordido por la nafta de una lata bailoteando en el interior de otro auto hecho ceniza. Por eso no se ataba Juan ni les ponía pasadores a sus puertas. .Y el 3 de marzo de 1963, un día como hoy -en una de ésas- se mataba el más campeón. El mejor. El referente. Juan Gálvez. El destino, siempre presumido de insensible, colocaba una bisagra en la historia de los hombres, los caminos y los autos. Y aquel día -un día como hoy- guardaba silencio, conmovido. .Aquel día fatal .Llovió mucho en la noche previa a la carrera de Olavarria; y estuvo a punto de suspenderse; Juan tenía 47 años y en su dilatada trayectoria acumuló 57 victorias, con récords; había nacido el 14 de febrero de 1916, en Buenos Aires, y fue el más ganador del TC. .

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