Y Mar del Plata en
su temporada record y en su esplendor resolvió disparar un
tiro para el lado de la justicia. Resolvió confirmar una
vez más que Jairo es una estrella. Una estrella de esas que
iluminan desde el arte, desde el talento y desde la actitud de ciudadano
comprometido con la libertad, con la Justicia y con los derechos
humanos.
Ese Jairo tiene dimensión universal como todo artista que
pinta su aldea. Porque fue capaz de dinamitar todos los prejuicios
para invitar a la Mona Jiménez al Rivera Indarte que es como
el Teatro Colón de Córdoba a cantar juntos un cuarteto
corazón. Porque fue capaz de volver a vivir a su tierra pese
a que París reclama eternamente su sonrisa gardeliana, su
voz insuperable y esos rezos laicos que mixturó con Atahualpa
Yupanqui y con Jorge Luis Borges, dos de los padres nuestros que
están en el cielo.
Con Daniel Salzano en su Córdoba de antaño fueron
cómplices hasta la sospecha de que son almas gemelas en la
tonada de las sierras. Con Hamlet Lima Quintana y Oscar Cardozo
Ocampo –que en paz descansen– se dio el gusto y nos
dio el gusto en el diario del regreso de cantar desde el mismísimo
mausoleo donde reposan los restos del Che Guevara. Y aquel día
rojo recordó aquel día negro de su muerte en Bolivia
y esa noticia que lo impulsó a dibujar el rostro del Che
con sus pinceles, un secreto que muy pocos conocen. Lo pintó
aquella vez para revivirlo y le puso la voz en el regreso para refundarlo.
Es que siempre anduvo por el camino de las utopías con sus
herramientas más honestas. Nunca le esquivó el cuerpo
ni el coraje a la política ni a su condición de hombre
de este tiempo, aunque eso le haya costado censuras y postergaciones.
¿Se acuerda de aquel Jairo gigante que cantó ese himno
llamado “Venceremos” como homenaje a esa democracia
que tanta sangre, sudor y lágrimas nos había costado
conseguir?
Es que desde chico se nutrió de ideas y de tolerancias en
su Cruz del Eje natal. Acompañando con sus melodías
de Mario González recién surgido a las canas limpias
y sabias de la cabeza de un tal Arturo Umberto Illia que un día
llegó a ser un presidente ahora recuperado en toda la magnitud
de su ética. Hace años que canta y le cambia el eje
a la cruz que este país lleva sobre sus hombros. Grabó
más de 600 canciones con María Elena, con Charles
Aznavour, y se metió de prepo en la poética de Mario
Benedetti y de Paul Eluard.
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El Olympia de París se rindió a sus pies y no estoy
exagerando ni utilizando una metáfora. Después que
cantó por primera vez en la televisión francesa los
teléfonos del canal colapsaron por la cantidad de llamados
que querían saber cuándo podían volver a escuchar
a ese criollito, como le decía don Atahualpa. Fue un amor
a primera vista entre los valores de la Revolución Francesa
y él. Entre la luz de los parisinos y él. Por eso
el gobierno de la república de Francia un día lo condecoró
con el grado de Caballero en la Orden de las Artes y las Ciencias.
La dictadura de Videla le colgó otra condecoración.
Los generales de la oscuridad y la sangre secuestrada prohibieron
el disco donde Jairo cantaba a Borges producido por el negro Miguel
Angel Merellano y arreglado por Ricardo Miralles.
Cantó con Mercedes Sosa, Ana Belén, Serrat, Hermeto
Pascoal y Chick Corea. Recorrió el mundo con su sensibilidad
de cuerdas vocales. Y guarda algunos tesoros invalorables como un
texto de su amigo Julio Cortázar donde le dice que su música
lo toca muy de cerca y que la alegría de Teresa su esposa
está hecha de cascabeles.
Cuánto bien hizo Luis Aguilé en producirle su primer
disco. Cuánto bien hizo Horacio Ferrer con su “Milonga
del trovador”, casi una descripción de Jairo que lo
sitúa en una tierra hermosa de América del Sur y celebra
su alma de argentino y de cantor. Su mezcla gaucha de indio con
español. En realidad, su mezcla de gorrión y de zorzal.
De Piaf y de Gardel. De eseregistro sobrehumano que llevó
a un periodista a decir que Jairo convierte simples melodías
en majestuosas catedrales sonoras.
Lástima que sea hincha de Instituto. Aunque tal vez esa camiseta
le marcó su camino de gloria. Como su Ave María que
hace llorar al mundo emocionado cada vez que hace rebotar en el
aire lo que edificó Schubert.
Hoy, que tenemos como misión recuperar para los ciudadanos
de carne y hueso aquella democracia que recuperamos en 1983, bien
podríamos hacerle un nuevo coro a aquel viejo himno y soñar
con Jairo que pronto venceremos, que juntos lucharemos y que queremos
que nuestro país sea feliz, con amor y libertad. Y que no
tenemos miedo y que no tendremos miedo... nunca más.
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