Sería
un error revitalizar el debate improductivo acerca de si la Argentina
dejó atrás lo peor de la crisis. Tampoco tiene mucho
sentido, a mi criterio, clausurar la discusión sobre el futuro
argentino afirmando de modo simplista que se logró superar
la tragedia por la que atravesaba el país en diciembre de
2001.
Si se optara por estas alternativas, seguiríamos eludiendo
la discusión que verdaderamente necesitamos como Nación:
cómo se construye un país sólido y justo. La
única forma de dejar atrás la gobernabilidad a plazo
fijo que caracterizó a la política en los últimos
años es hacer ingresar de manera decisiva la educación
en la política argentina, en el sistema de decisión
nacional, provincial y local.
El déficit de la gestión de la cosa pública
va más allá de la discusión sobre una propuesta
económica u otra, o sobre si hay que revisar o no las privatizaciones
de los servicios públicos que se realizaron hace ya más
de diez años. La debilidad de la política argentina
es anterior, y las declaraciones y propuestas que circulan en la
superficie de las campañas electorales apenas son un síntoma
de esta situación.
Nuestro problema es la educación del soberano,
tanto del que delega su poder (el pueblo),
como del que recibe ese poder delegado (el gobernante, o los que
aspiran a serlo).
Como hombre de la educación y de la política, creo
imprescindible hacer un llamado de atención hacia adentro,
pero sobre todo hacia afuera de la comunidad educativa. Mi planteo
es que la Argentina necesita de manera urgente una mayor integración
entre el conocimiento y la cosa pública. Y no me refiero
sólo a la necesidad de impulsar los programas de vinculación
entre el Estado y los claustros según un modelo de provisión
de servicios. Esto sería sólo un enfoque instrumental
de la educación, cuando lo que necesitamos es hacer de ella
el fundamento de la acción política en la Argentina.
Me refiero a la necesidad de elevar la capacidad de la gestión
política. No intento decir que se deba poner como requisito
el acreditar un diploma para que un ciudadano sea candidato o funcionario.
Tampoco se trata de virar hacia una suerte de república de
sabios. Lo que sí creo es que las soluciones de la Argentina
no pueden venir sino de la aplicación del conocimiento y
de integrar lo que hoy está separado en la Argentina: política
y educación. Esta integración, creo, es la decisión
que de manera urgente nos debemos como país.
Unir la política con la educación
constituye el fundamento primero de un programa político.
Sin embargo, es preciso definir el concepto de educación,
para evitar el riesgo de la superficialidad. De hecho, la rigurosidad
en el planteo es la condición indispensable para una propuesta
que, como ésta, se basa en la necesidad de elevar la forma
de construir el futuro de un país.
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Políticamente
incorrecto
Decir que la Argentina presenta, en cierta medida, un preocupante
nivel de ignorancia puede resultar una afirmación políticamente
incorrecta y hasta escandalizadora. Pero deberíamos aceptar,
al menos, la posibilidad de que sea cierta, para identificar las
debilidades nacionales y poder consensuar las definiciones básicas
acerca de cómo se debe conducir el país.
Hoy la ignorancia no es sólo el analfabetismo (mínimo
en nuestro país), sino tanto el iletrismo -según la
definición de Luc Ferry-, en tanto incapacidad de entender
y expresarse correctamente, como el deterioro de los niveles de
capacitación que se advierten hoy en nuestra educación
primaria y secundaria. Por eso creemos que es necesario valorar
adecuadamente la importancia de la educación y poner al servicio
de ella toda la capacidad de nuestras instituciones, que deberían
estar dirigidas por quienes comprendan que la educación del
más alto nivel posible para todos es el nuevo nombre de la
justicia social en nuestro país.
Desde el notable impulso que Domingo Faustino Sarmiento dio a la
educación, nuestro país se caracterizó, frente
a sus pares de América Latina, por la capacitación
de su pueblo y el alto nivel de sus profesionales. Esta era realmente
la ventaja comparativa que teníamos y nos permitía,
confiados en ella, encarar procesos de negociaciones con países
más poderosos económica y demográficamente.
Justamente cuando esta ventaja ocupa un lugar central en el desarrollo
económico de cualquier país, cometemos el error de
descuidarlas.
El mismo resultado obtenemos si analizamos este problema desde
la perspectiva del comercio exterior. Cuando la Argentina debe crecer
basándose en su capacidad exportadora, la menor calificación
profesional de su gente termina siendo una desventaja importante,
en momentos en que la apertura de mercados se centra fundamentalmente
en el cuidado y el control de calidad de los productos en todas
las etapas de su producción y transporte. La incorporación
de valor a nuestra producción primaria sólo puede
darse a partir de un desarrollo tecnológico que requiere
una creciente capacitación en todos los niveles.
La ignorancia es un lujo que en la actual situación la Argentina
no puede darse. La educación y la política, sin necesidad
de diferenciarlas, son la llave para recuperar aquel paraíso
perdido en el que este país estaba en condiciones de dar
a sus habitantes un presente y un futuro deseables. De eso se trata,
de tener posibilidades, hacia afuera y hacia adentro,
para que cada argentino pueda acceder no sólo a una vida
digna (que es mucho más que una muletilla de tiempos electorales),
sino también a que en nuestro país se pueda recuperar
lo que es el motor del desarrollo de una sociedad: que cada generación
pueda aspirar a vivir mejor que las precedentes.
El autor es rector de la Universidad
Nacional de Tres de Febrero.
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