Robert Darnton.
Historiadoruniversidad de Princeton
19 de Marzo del 2003
 
 
"EE. UU. necesita la falta de acuerdo de sus aliados, no un....."
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La obstinada decisión de Bush de desencadenar una guerra lo separa de un pensamiento que, nacido en Francia, demostró los permanentes valores de la razón.


Una hora después de salir de París, los automovilistas que toman la ruta hacia Bruselas divisan un cartel que dice: "Blérancourt. Museo de la amistad franconorteamericana". Muy pocos toman el desvío.

El museo se encuentra en medio de las ruinas de un castillo, en el lugar donde, con ayuda norteamericana, los franceses detuvieron la invasión alemana durante la Primera Guerra Mundial. En mi condición de profesor norteamericano de historia francesa participé en la labor de una comisión franconorteamericana que tenía a su cargo la reestructuración de las exposiciones a fin de que las mismas reflejaran los contactos entre nuestros países durante los últimos cinco siglos.

Trabajamos juntos durante dos semanas de los años 1997 y 1998, y discutimos las complejidades de la historia de nuestros malentendidos culturales. ¿Por qué los franceses consideraban que Jerry Lewis era un profeta dadaísta? ¿Cómo podían los norteamericanos abordar a Marcel Duchamp como si se tratara de Picasso? Coincidimos en que las relaciones franconorteamericanas se basaban en malentendidos creativos, en una serie de desacuerdos cordiales.
Nuestros países no se comprenden desde el inicio de nuestra alianza, que se remonta al siglo XVIII. Los franceses imaginaban que del otro lado del océano había nobles salvajes; nosotros, por nuestra parte, evocábamos la imagen de jacobinos devoradores de hombres.
¿Qué fue lo que nos mantuvo unidos? Nuestros intereses personales, sin duda. Gran Bretaña era nuestro enemigo común y luchábamos contra los horrores del tráfico de esclavos. Teníamos en común, por lo tanto, el compromiso con los ideales del Siglo de las Luces. En tanto repúblicas, abordábamos un destino común en medio de un mundo hostil y brutal.

La fuerza de la gente
La afinidad que unió a Francia y a los Estados Unidos no era consecuencia de argucias históricas ni de ninguna mano invisible. Se estableció gracias a hombres y mujeres que pertenecían en su mayor parte a la elite educada, pero también gracias a los soldados norteamericanos y franceses de la Primera Guerra Mundial. Franklin y Jefferson se granjearon la adhesión de los franceses con tacto y diplomacia. Lafayette y Condorcet respondieron de la misma manera.

¿Dónde está la diplomacia en la actualidad? ¿Los llamamientos a boicotear productos franceses que se escuchan en el Congreso norteamericano son indicio de una comprensión profunda de la crisis diplomática y de la historia que la sustenta? ¿Podría ser que el presidente francés, el ministro de Relaciones Exteriores francés, la prensa francesa y la gran mayoría del pueblo francés tuvieran algo que decir que fuera de interés para los Estados Unidos? Necesitamos la falta de acuerdo de nuestros aliados, no un respaldo ciego.

En la actualidad, la diplomacia viene de Francia. Los franceses presentaron argumentos sólidos contra una guerra precipitada. Destacaron la ausencia de una relación importante entre Al Qaeda e Irak, lo que se podía ganar de seguir adelante con las inspecciones de las instalaciones militares iraquíes, la factibilidad del aislamiento, la ineficacia de una respuesta violenta al fundamentalismo musulmán y el costo aterrador de la guerra en términos económicos, políticos y, sobre todo, humanos: centenares de miles de víctimas inútiles.

Una alianza implica un debate permanente. Los franceses nos prestan un gran servicio como aliados al oponernos argumentos, y van en camino de quedarse con la última palabra, no porque sean más fuertes, sino porque razonan mejor.
¿Cómo contestamos nosotros? Con argumentos débiles y contradictorios en las Naciones Unidas, mediante una diplomacia deficiente en el plano mundial y, en el ámbito interno, con estereotipos hostiles del tipo del siglo XVIII.
Los malentendidos mutuos son más importantes que nunca, y nunca fue tan grande la necesidad de superarlos.

Nos precipitamos hacia una catástrofe. Tenemos que aminorar la marcha, reflexionar, tomar el desvío de Blérancourt y meditar sobre el aspecto positivo de las relaciones franconorteamericanas, sobre el legado de Condorcet y Lafayette, de Franklin y Jefferson.

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