A
la hora señalada, las ocho de la noche del viernes, se desató
el pandemónium en la esquina de Córdoba y Francisco
Acuña, lugar emblemático, si los hay, en este campeonato
urbano de la protesta cacerolera. En el "Acrópolis",
Modesto T., comerciante, parroquiano habitual del boliche, salió
disparado como impelido por un resorte, montó en su auto
estacionado mal sobre avenida y le dio a la bocina como Salamanca
al piano. Se le veía la bronca, nuestra gran industria nacional.
Cercano a la cianosis, Modesto gritaba al compás del claxon,
se exaltaba, por momentos tomaba aire para continuar con un grito
que, cada vez, se hacía más ronco e ininteligible.
Estamos de acuerdo: Buenos Aires se ha transformado
en una ciudad convulsa, rodeada por barrios marginales cuyas miserias,
sus detritus, arrojan sobre el asfalto a un gran número desposeídos
de todo, excepto de una violencia expedita. La violencia es ya una
entidad integrada a nuestra realidad, rutina de silencios forzosos
en una época que apenas conserva una voz sin dueño.
Lícito es, entonces, ese clamor que a
veces parece una súplica. Pero, entre la turba, hay muchos
Modestos. Seguro que el lector conoce a uno o a varios, quizá
también a veces se parezca un poco a este Modesto.
La primera manifestación de lo que sería,
digamos, su código ético, ocurrió hace tres
o cuatro años, cuando un pícaro tesorero rosarino,
Fendrich, se esfumó con tres millones, simuló una
excursión de pesca, dejó "pegados" a compañeros
con los que, bien o mal, había compartido años de
privaciones, de fantasías, también de ilusiones. Esa
noche, en el "Acrópolis", Modesto T. condensó
y dio sentencia: "Yo lo aplaudo". Traducido el discurso
a la idea, él haría lo mismo, sin vacilar, sin recriminaciones
de conciencia.
Con el tiempo desarrolló discursos futboleros:
admira a quien simula, objeta a los jueces, está enamorado
de los ventajeros —lo que es muy malo— y también
de los alcahuetes que piden tarjeta para su rival, en oposición
a las más estrictas reglas varoniles del "fair play"
y absolutamente ajenas a aquellos mandamientos hormonales de la
hombría.
Grita desde su auto mal estacionado, aturde con
la bocina que compró a un revendedor, como el parabrisas
y la caja, a un precio demasiado vil como para no saber que fueron
botín de robo, acaso seguido de sangre. Pero sigue gritando
desde el abismo gris de la hipocresía. |