05 de Noviembre del 2003
Clarin.com
Jorge Göttling

Los piqueteros y las máscaras del miedo
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A la hora señalada, las ocho de la noche del viernes, se desató el pandemónium en la esquina de Córdoba y Francisco Acuña, lugar emblemático, si los hay, en este campeonato urbano de la protesta cacerolera. En el "Acrópolis", Modesto T., comerciante, parroquiano habitual del boliche, salió disparado como impelido por un resorte, montó en su auto estacionado mal sobre avenida y le dio a la bocina como Salamanca al piano. Se le veía la bronca, nuestra gran industria nacional. Cercano a la cianosis, Modesto gritaba al compás del claxon, se exaltaba, por momentos tomaba aire para continuar con un grito que, cada vez, se hacía más ronco e ininteligible.

Estamos de acuerdo: Buenos Aires se ha transformado en una ciudad convulsa, rodeada por barrios marginales cuyas miserias, sus detritus, arrojan sobre el asfalto a un gran número desposeídos de todo, excepto de una violencia expedita. La violencia es ya una entidad integrada a nuestra realidad, rutina de silencios forzosos en una época que apenas conserva una voz sin dueño.

Lícito es, entonces, ese clamor que a veces parece una súplica. Pero, entre la turba, hay muchos Modestos. Seguro que el lector conoce a uno o a varios, quizá también a veces se parezca un poco a este Modesto.

La primera manifestación de lo que sería, digamos, su código ético, ocurrió hace tres o cuatro años, cuando un pícaro tesorero rosarino, Fendrich, se esfumó con tres millones, simuló una excursión de pesca, dejó "pegados" a compañeros con los que, bien o mal, había compartido años de privaciones, de fantasías, también de ilusiones. Esa noche, en el "Acrópolis", Modesto T. condensó y dio sentencia: "Yo lo aplaudo". Traducido el discurso a la idea, él haría lo mismo, sin vacilar, sin recriminaciones de conciencia.

Con el tiempo desarrolló discursos futboleros: admira a quien simula, objeta a los jueces, está enamorado de los ventajeros —lo que es muy malo— y también de los alcahuetes que piden tarjeta para su rival, en oposición a las más estrictas reglas varoniles del "fair play" y absolutamente ajenas a aquellos mandamientos hormonales de la hombría.

Grita desde su auto mal estacionado, aturde con la bocina que compró a un revendedor, como el parabrisas y la caja, a un precio demasiado vil como para no saber que fueron botín de robo, acaso seguido de sangre. Pero sigue gritando desde el abismo gris de la hipocresía.

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