A
lo largo de los años noventa, y con mayor intensidad después
de la devaluación del peso, se produjo una fenomenal reducción
de los costos laborales industriales, de acuerdo a estudios oficiales
y privados. Pese a todo, esa reducción no facilitó
el despegue exportador de la Argentina, que sigue con sus ventas
externas concentradas en productos primarios o de bajo valor agregado.
De allí la preocupación de algunos especialistas.
El Palacio de Hacienda debería buscar nuevas alternativas
para fortalecer la economía y no depender de las colocaciones
de soja.
Lo que se sigue sin comprender es que las naciones que gravitan
en el comercio exterior lograron ese status porque primero forjaron
un gran mercado interno. Y sólo a partir de esa plataforma
de lanzamiento salieron a conquistar nuevos mercados. El mercado
doméstico fue diseñado y alimentado con medidas de
promoción consagradas por los Estados: fortalecieron el poder
de compra de la población, abriendo un círculo virtuoso
de posibilidades. |
A contramano, un puñado
de países pretendió construir escenarios exportadores
sobre la base del dólar alto y los salarios bajos de la población,
aprovechando algunos recursos naturales abundantes.
Venden al exterior pocas cosas, de bajo valor agregado, no tienen
tecnología o la tienen y es sumamente atrasada. Y necesitan
de la importación porque carecen de una oferta doméstica
sostenida que permita la acumulación de riquezas.
La Argentina está en una situación
intermedia, pero con tendencia a proseguir en la ruta de los países
menos exportadores. Las exportaciones han aumentado más en
el último año porque mejoraron los precios internacionales
y no por el incremento de las cantidades o de los volúmenes
calificados de exportación.
El consumo interno sigue retraído por
el alto desempleo y la caída del poder adquisitivo que ya
son estructurales.
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