| Mucho
se ha hablado sobre las elecciones en España, y mucho va
a hablarse todavía.
Hasta el 11-M las encuestas indicaban un triunfo
de Rajoy, quien apoyaba su campaña en la idea extendida de
que el gobierno del PP había conseguido dar un impulso considerable
a la economía española, ahora en crecimiento y ordenada.
El electorado español aceptaba su discurso:
desde enero hasta el 8 de marzo el PP contaba con un apoyo que oscilaba
entre el 41 y el 44,3% de los votantes, mientras que el PSOE nunca
había superado el 38% La encuestadora española Sigma
Dos informaba en los primeros días de marzo que el 32,8%
del electorado consideraba a Zapatero más honesto que Rajoy,
mientras que el 28,6% opinaba lo contrario, no obstante el 43% de
los votantes opinaba que el candidato del PP era más eficiente
y el 54,7 que era el más preparado que su par del PSOE (preparación
y eficiencia pesaban entonces más que honestidad).
Y hay más: preguntados sobre cuál!
de los candidatos solucionaría con mayor éxito el
problema del terrorismo, el 27,2% de los encuestados estuvo con
Zapatero mientras que el 41,1% optó por Rajoy.
Desde esta base, ¿cómo fue que
el 11-M derrumbó la casi segura victoria de Rajoy? La respuesta
es simple: el éxito económico dejó de ser suficiente.
En 1992 el jefe de campaña del entonces
candidato demócrata a la presidencia de los EE.UU., Bill
Clinton, acuñó una frase simple y directa que estaba
en las paredes de los despachos de sus colaboradores como permanente
recordatorio de lo importante: "Es la economía, estúpido".
Sobre esa idea los medios masivos de comunicación llenaron
cientos de horas y páginas haciendo referencia a los desempleados,
hasta convencer a los norteamericanos de que su economía
estaba aún en recesión cuando llevaba ya dos trimestres
de crecimiento. Clinton ganó la puja electoral.
Ese era, con ciertos matices, el camino que estaba
andando Rajoy, a caballo sobre los logros económ! icos del
PP y la amenaza para su continuidad de un triunfo del PSOE, a esa
lógica respondían las encuestas.
Pero el 11-M recordó a los españoles,
de la manera más trágica, que la honestidad tiene
un valor fundamental en la vida política de los pueblos.
Muchos parecieron reflejar en las manifestaciones
en contra del atentado aquellas otras que se realizaron en contra
del involucramiento español en la invasión a Irak,
y todo pasó a tener otro sentido.
La economía era ahora otro factor, ya
no el más importante, y el apego a la democracia y a la vida
misma desplazo de su altar al dios economía.
Fue un voto visceral, desde las entrañas,
y no tanto un voto castigo.
El pueblo de España votó masivamente
por aquellos valores humanos sepultados por "la mano invisible
del mercado", fue a su encuentro y los abrazó como quien
se reencuentra con un viejo amigo o, más simple aún,
consigo mismo.
Por más doloroso que pueda resultar a
los fanáticos del neolib! eralismo, la economía sucumbió
ante la vida. En el mundo actual, eso no es poco decir.
(*) Secretario del Instituto de Relaciones Internacionales de la
UNLP
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