Diario EL DIA de La Plata
Por JAVIER SURASKY (*)
Martes 16 de Marzo de 2004
"No es la economía; es la dignidad, estúpido..."
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Mucho se ha hablado sobre las elecciones en España, y mucho va a hablarse todavía.

Hasta el 11-M las encuestas indicaban un triunfo de Rajoy, quien apoyaba su campaña en la idea extendida de que el gobierno del PP había conseguido dar un impulso considerable a la economía española, ahora en crecimiento y ordenada.

El electorado español aceptaba su discurso: desde enero hasta el 8 de marzo el PP contaba con un apoyo que oscilaba entre el 41 y el 44,3% de los votantes, mientras que el PSOE nunca había superado el 38% La encuestadora española Sigma Dos informaba en los primeros días de marzo que el 32,8% del electorado consideraba a Zapatero más honesto que Rajoy, mientras que el 28,6% opinaba lo contrario, no obstante el 43% de los votantes opinaba que el candidato del PP era más eficiente y el 54,7 que era el más preparado que su par del PSOE (preparación y eficiencia pesaban entonces más que honestidad).

Y hay más: preguntados sobre cuál! de los candidatos solucionaría con mayor éxito el problema del terrorismo, el 27,2% de los encuestados estuvo con Zapatero mientras que el 41,1% optó por Rajoy.

Desde esta base, ¿cómo fue que el 11-M derrumbó la casi segura victoria de Rajoy? La respuesta es simple: el éxito económico dejó de ser suficiente.

En 1992 el jefe de campaña del entonces candidato demócrata a la presidencia de los EE.UU., Bill Clinton, acuñó una frase simple y directa que estaba en las paredes de los despachos de sus colaboradores como permanente recordatorio de lo importante: "Es la economía, estúpido". Sobre esa idea los medios masivos de comunicación llenaron cientos de horas y páginas haciendo referencia a los desempleados, hasta convencer a los norteamericanos de que su economía estaba aún en recesión cuando llevaba ya dos trimestres de crecimiento. Clinton ganó la puja electoral.

Ese era, con ciertos matices, el camino que estaba andando Rajoy, a caballo sobre los logros económ! icos del PP y la amenaza para su continuidad de un triunfo del PSOE, a esa lógica respondían las encuestas.

Pero el 11-M recordó a los españoles, de la manera más trágica, que la honestidad tiene un valor fundamental en la vida política de los pueblos.

Muchos parecieron reflejar en las manifestaciones en contra del atentado aquellas otras que se realizaron en contra del involucramiento español en la invasión a Irak, y todo pasó a tener otro sentido.

La economía era ahora otro factor, ya no el más importante, y el apego a la democracia y a la vida misma desplazo de su altar al dios economía.

Fue un voto visceral, desde las entrañas, y no tanto un voto castigo.

El pueblo de España votó masivamente por aquellos valores humanos sepultados por "la mano invisible del mercado", fue a su encuentro y los abrazó como quien se reencuentra con un viejo amigo o, más simple aún, consigo mismo.

Por más doloroso que pueda resultar a los fanáticos del neolib! eralismo, la economía sucumbió ante la vida. En el mundo actual, eso no es poco decir.


(*) Secretario del Instituto de Relaciones Internacionales de la UNLP

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