Así lo juzga Narcis Serra
que, con un doctorado en la London School of Economics, ha tenido
cargos clave en la política española: fue alcalde
de Barcelona y luego ministro de Defensa y vicepresidente del gobierno
de Felipe González, con expresas responsabilidades en la
lucha contra el terrorismo vasco. Serra estuvo la semana pasada
en Buenos Aires para participar del seminario sobre globalización
y seguridad regional organizado por la Fundación Pent.
Después del 11 de setiembre del 2001 George
W. Bush declaró una guerra casi personal contra el terrorismo.
Guerra sin plazos cuya próxima batalla parece que se dará
en Irak. Esta perspectiva desnudó diferencias entre la visión
de Estados Unidos y la de la Unión Europea. ¿Hay disensos
profundos en la Alianza Atlántica o son circunstanciales?
—Las diferencias entre Europa y Estados
Unidos sobre la forma de construir el orden internacional —que
no es siempre el mismo, porque con el paso del tiempo tiene que
ser distinto— son antiguas. Por eso, en la Alianza Atlántica
se ha hablado siempre del diálogo transatlántico.
Ese diálogo es necesario porque no se piensa lo mismo. Las
diferencias entre Estados Unidos y Europa son antiguas, y seguirán,
y es bueno que sigan. Porque yo creo que la relación entre
Europa y Estados Unidos es un elemento básico de esta realidad
mundial, pero la dialéctica de posiciones diferentes entre
Estados Unidos y Europa también es un elemento dinámico,
necesario, para la construcción de un orden internacional.
Pero nunca antes en la historia de esa alianza
el unilateralismo de Washington había sido tan intenso.
—La administración Bush es un caso
bastante extremo, o muy extremo, de formulación de una política
exterior norteamericana unilateral. Y, además, el 11 de setiembre,
que podía haber provocado una evolución de la política
exterior norteamericana para buscar más apoyos internacionales
y construir coaliciones internacionales, no ha actuado en esta dirección,
sino en la de acentuar la política exterior que había
dibujado Bush antes del 11 de setiembre. Lo que me parece más
peligroso es que se postula que la defensa de los intereses nacionales
de Estados Unidos es contradictoria con la defensa de un orden mundial
o de los intereses globales de la mayoría de países.
· ¿Hacia dónde lleva este
curso que impone Bush a los asuntos mundiales?
—Se está perdiendo la ocasión
de algo que Estados Unidos y toda la humanidad necesitan: que Estados
Unidos asuma el liderazgo de construir el orden mundial que corresponde.
Si el 11 de setiembre logra como efecto endurecer —y yo hasta
diría fosilizar— el planteamiento unilateral de Bush,
pues además de los efectos desastrosos de segar vidas humanas,
habrá tenido una consecuencia muy, muy negativa para las
posibilidades de crear un orden internacional que se corresponda
con la situación de globalización que vivimos. El
mundo está en una nueva situación y no sabemos crear
el nuevo orden entre países; un orden que se corresponda
con esa nueva situación. Si el país más potente
del mundo renuncia al liderazgo de este esfuerzo, va a ser muy difícil
que el mundo avance en la dirección de la gobernabilidad
en esta nueva situación.
Su respuesta asume rígidamente un presupuesto central del
realismo: sólo quien tiene poder puede crear orden. ¿Pero
es seguro que el orden que imagina Estados Unidos sea el mejor?
¿Europa no tiene nada que decir en esta cuestión?
—En el avance hacia un nuevo orden mundial
Europa está especialmente colocada para entender la dirección,
explicarla e impulsarla. Y —no lo digo porque esté
aquí— creo que el único apoyo continental que
puede haber en esa dirección es el de los países de
América latina. Porque aquí también en el tema
de seguridad hay una conciencia clara de que la vieja amenaza del
país vecino se ha disuelto y que la seguridad sólo
se incrementa con la cooperación con los países vecinos,
en vez de por la vía de armar al máximo los ejércitos
propios. ¿Por qué Europa es el continente más
preparado para entender eso? Y eso hay que saberlo cuando se juzga
la actitud norteamericana. Pues porque hasta ahora en la historia
Europa ha ido produciendo los órdenes mundiales que han existido.
Hasta el fin de la Edad Media, y esto en Europa como en Asia, o
había imperio —la hegemonía de un gran país—
o había caos. El único orden posible era el del imperio,
imperios como el romano, pero también el persa o el de China.
· Y es Europa también la que impone
el orden que sigue al imperio.
—Es en la Edad Media, y no a partir de
los estados-nación que vienen luego, sino de las ciudades-estado,
que Europa inventa un nuevo orden. Los ciudadanos ya no tienen seguridad
porque se las da el imperio, sino que en un ámbito determinado
se crean leyes, se crea una soberanía y esas leyes se imponen.
Es con una fórmula distinta de la del imperio, la del equilibrio
de poderes. Y por eso, en Italia, Florencia se alía con Pisa
y Siena, para defenderse de Milán. Esto en el siglo XV. Y
en el siglo XVII, Inglaterra se alía con España contra
Francia, etcétera. Y esa situación pretende garantizar
la soberanía —es decir, que haya reglas, que haya leyes,
y que estas leyes se impongan— para pasar de la ciudad-estado
al estado-nación. Entonces, hay dos soberanías: una
de ellas es la soberanía interna, total y absoluta, porque
no se acepta que otros países puedan penetrar en lo más
mínimo en la soberanía de un país. A partir
de la Segunda Guerra Mundial, y sin pensar que se estaba generando
un nuevo orden, sino con el fin de resolver el problema de demasiadas
guerras en Europa, y sobre todo, demasiadas guerras por la confrontación
entre Francia y Alemania, en Europa, y con un apoyo norteamericano
definitivo, se abre el camino de la cooperación, que —en
su versión presente, la Unión Europea— también
encarna un nuevo orden.
· ¿Pero en este punto no es ya
imposible darle sólo el crédito a Europa que, en el
final de la Segunda Gran Guerra, estaba no sólo exhausta,
sino que ni era plenamente democrática?
—En este momento de la historia lo que
se hizo, se hizo con el apoyo decisivo de Estados Unidos que asume
plenamente el rol de constructor del orden mundial y crea el Fondo
Monetario y Breton Woods, el Plan Marshall y las Naciones Unidas;
es decir, cede poder para que sea creíble su liderazgo y
para que los |
países medianos
acepten estar en esas instituciones de gobernabilidad parcial. En
ese proceso, en Europa se buscan fórmulas para que no haya
más guerras entre Francia y Alemania. Por eso, la primera
institución europea que se creó es la Comunidad Europea
del Carbón y del Acero, no la Comunidad Económica
Europea. Porque en aquel momento se creía que la base para
poder armar un ejército, equipándolo de tanques, cañones,
etcétera, era el acero. Por lo tanto, Francia y Alemania,
absolutamente apoyadas por Bélgica, Holanda, Luxemburgo e
Italia, crean la Comunidad del Carbón y del Acero que regía
en esas materias; comunicaban las producciones, controlaban las
exportaciones y las importaciones y cedieron la soberanía
nacional en materia de producción de acero a un organismo
supranacional que se llamaba Europa.
Bueno, en aquel momento se llamaba simplemente Comunidad del Carbón
y del Acero. Por primera vez en la historia y de manera efectiva
y eficaz, se incrementa la seguridad por el camino de ceder poder
y soberanía. Un intercambio de soberanía incrementa
la seguridad de los ciudadanos de esos estados-nación, que
depositan voluntariamente, no porque un imperio lo haya dicho. Se
hace voluntariamente, en un organismo común internacional,
o supranacional. En estos momentos, la Corte Europea es superior
a cualquier ley de cualquier nación del área. Los
europeos hemos aceptado ceder partes progresivas de nuestra soberanía
a la idea de Europa. Y todos creemos que estamos mucho más
seguros, y que hemos resuelto el problema de las guerras entre nosotros
no por el camino de que cada país tenga un ejército
tal que el otro país no querrá atacar por miedo a
la respuesta militar.
Nada de ese curso histórico parece proseguir
en el presente. En estos días la guerra contra el terrorismo
es casi uninacional y Bush en lugar de promover el rol de la ONU
la conmina a cumplir el deseo de Washington.
—Hoy podemos ser más crudos y a
la vez más precisos. Una solución multilateral a un
problema internacional es aquella que implica cesión de soberanía
como elemento de resolución del problema. Y una solución
unilateral es la que se niega a que cualquiera de los estados-nación
que tienen que enfrentarse a ese problema internacional ceda su
soberanía. La actitud de Bush anterior al 11 de setiembre
era ya rabiosamente unilateral. Se negó a firmar el Protocolo
de Kyoto, el Tribunal Penal Internacional, el Convenio de Armas
Cortas, el Convenio de Minas Antipersonales siempre con argumentos
insostenibles. Entonces, Estados Unidos sufrió el ataque
del 11 de setiembre en una situación en la que ya se encaminaba
a una posición en la que quería mandar, pero en absoluto
ser mandado. Esta es la posición de Estados Unidos respecto
del Tribunal Penal Internacional. No pueden estar, sensatamente,
en contra de esa corte si está apoyando el juicio a Slobodan
Milosevic. El problema es de una conciencia tal de superpotencia
que no acepta que la comunidad internacional pueda generar reglas
a las que deban someterse. De alguna forma, la reacción es
enfermiza. En este sentido, la posición actual sería
antitética a la de Woodrow Wilson, a la de Harry Truman y
Dwight Einsenhower, que buscaban visualizar la entrega de poder
para que los demás países los acompañasen en
la solución que como líderes mundiales ellos proponían.
Yo, de todas formas, no soy absolutamente pesimista, porque el multilateralismo
es imprescindible para resolver los problemas mundiales.
Examinemos algo más que historia y teoría:
problemas concretos. ¿Es posible un combate unilateral exitoso
contra el terrorismo?
—No hay solución al problema del
terrorismo que sea unilateral. Incluso creo que para la defensa
de los intereses norteamericanos, que es defenderse de los ataques
terroristas, la política unilateral está claramente
equivocada, porque el unilateralismo no creará las condiciones
de un combate eficaz contra el terrorismo. Hay dos problemas básicos,
que son obvios, de la política que ha definido Bush para
luchar contra el terrorismo. Primero, necesita usar mecanismos que
muevan emotivamente al ciudadano norteamericano y mantengan esta
situación hasta su reelección; acude al ejército,
va a muchos actos con él. Con lo cual orienta la lucha contra
el terrorismo de una forma en la que los que tenemos alguna experiencia
en estos temas podemos decir que no será la apropiada. En
segundo término, cuando elige la vía unilateral ya
se está amputando una verdadera colaboración entre
países para tener algo tan importante para la seguridad de
Estados Unidos como es la información sobre el terrorismo
y crear una coalición de verdad que luche contra el terrorismo.
Pero el tercer problema es que el terrorismo no nace del vacío:
tiene causas reales. Yo nunca afirmaría que el terrorismo
de ETA, en España, es el produc to, puramente, de que en
un laboratorio cuatro locos han decidido matar a otros ciudadanos.
Hay un conflicto social: el terrorismo español mata porque
ha llegado al convencimiento de que por la vía democrática
nunca logrará lo que quiere, porque los ciudadanos no lo
votarían, y eso genera una enorme dificultad para resolver
el tema. Pero yo, por mi experiencia en España y por lo que
conozco en Irlanda, creo que el terrorismo es lo que los ingleses
llaman un asunto "corazones y mentes" ("A question
of hearts and minds"). En la medida en que Estados Unidos no
reconozca que hay que combatir las causas del terrorismo, está
caminando en una dirección equivocada.
· ¿Cómo podría definirse
una política alternativa eficiente contra el terrorismo?
—Hay tres elementos: técnicamente,
el combate contra el terrorismo exige la multilateralidad; dos,
la confianza necesaria para combatirlo es incompatible con los planteamientos
unilaterales y, tres, sin atacar los problemas de fondo que generan
la práctica del terror no hay credibilidad para restar el
apoyo social que permite que el terrorismo exista.
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