Los dueños
del poder en la Argentina perdieron territorialidad. En Mar del
Plata, hoy, una playa privada, en la que una carpa sale 3500 pesos
por mes, a la que los turistas van con custodios y en coches blindados,
se llama La reserva. El country, a su vez, como institución,
como concepto, también expresa esta situación de retiro,
de reserva. El country es la confesión de que los poderosos
han perdido la ciudad. La reserva, que han perdido la Rambla, la
vieja Rambla de Mar del Plata por donde se paseaba oronda la vieja
oligarquía. Hay un retraimiento que se traduce en búsqueda
de seguridad. El crimen de Pilar pareciera expresar el poder de
ese retraimiento: aquí adentro, en estas praderas que nos
construimos para vivir apartados de la chusma, hacemos lo que se
nos viene en gana, incluso matarnos entre nosotros. No nos molesten.
La temática del adentro y el afuera (inescindible de la temática
de la invasión) es central para entender nuestro país.
Está ese texto de Miguel Cané que habla de cerrar
el círculo y velar sobre él. ¿Cuál era
el terror de Cané? El territorio (que se había conquistado
a sangre y fuego en el siglo XIX, derrotando al federalismo y aniquilando
a indios y negros) requería ser poblado otra vez, industriosamente.
Esa inmigración que la oligarquía agraria y exportadora
trae a Buenos Aires vuelve a meterle el miedo en las entrañas.
La chusma inmigratoria –la “chusma ultramarina”–
llega y llega con malos modales. Hace huelgas, pone bombas, mata
jefes de policía, es anarquista, ácrata, libertaria.
Aquí, Cané (que habrá de redactar la xenófoba
Ley de residencia) se alarma. Cuidado, dice. Algunos lograrán
hacer dinero y pretenderán, tropezando con los muebles, entrar
en nuestros salones. Son “guarangos democráticos”,
“fabricantes de suelas”. Buscarán sorprender
a nuestras vírgenes. “¿Quieren placeres fáciles
-escribe–, cómodos o peligrosos?” Podrán
encontrarlos. “Pero honor y respeto a los restos puros de
nuestro grupo patrio; cada día, los argentinos disminuimos.
Salvemos nuestro predominio legítimo. (...) Cerremos el círculo
y velemos sobre él” (David Viñas, Literatura
argentina y política, tomo 1, pág. 173). A comienzos
de siglo, el Grupo Patrio sentía la amenazante invasión
de la chusma ultramarina. El adentro requería del afuera,
pero necesitaba mantenerlo lejos. Lejos de los salones, donde el
círculo íntimo (“los argentinos”) se reúne,
se entrega reconocimiento y vela por las tradiciones. Se trata –siempre–
de la metáfora de la “casa tomada”. Los inmigrantes
(requeridos por una política que había eliminado el
mercado interno nacional, el país integrado, y sólo
había construido una ciudad, no un país) inquietan
a los sectores dirigentes. No hay que permitirles tomar la casa.
Vienen a la casa a trabajar, no a ser sus dueños. Sus dueños
serán siempre “los argentinos”, el “círculo
íntimo” sobre el que hay que velar.
Cortázar, en los ‘50, escribe su célebre cuento:
dos hermanos de linaje (de un linaje que es incestuoso, ya que el
círculo íntimo es tan íntimo que incurre, necesariamente,
en el incesto, es, sin más, una de sus formas) abandonan
una casa que ha sido “tomada”. Rozenmacher, en los ‘70,
resignifica este cuento y lo torna explícito. Quienes toman
la casa son los cabecitas negras. La vieja oligarquía se
retira. (Todo esto también puede leerse en términos
de Civilización y Barbarie. Los “bárbaros”
son el afuera, son la invasión. Los “civilizados”
se retraen, se refugian, velan, se reservan.) La dictadura de Videla
es el extremo criminalizado de la defensa del “adentro”.
El Proceso se llama de re-organización nacional porque retoma
las banderas del roquismo.
Si Roca “organizó” la
república exterminando a los indios, Videla la re-organiza
exterminando a la “subversión”. Este aniquilamiento
que realiza la dictadura afirma el poder del adentro: la república
ha sido reconquistada, y esta vez para siempre. El pero-menemismo
le entrega las bases populistas. Pone el viejo “afuera”
a los pies de la política económica del “adentro”.
Ahora, Alsogaray yMartínez de Hoz gobiernan con bases sociales
y obediencia sindical.
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Ocurre, no obstante, algo nuevo, y acaso inesperado. La “exclusión”
del modelo neoliberal es tan salvaje, tan extrema, tan brutal que
el “afuera” crece desmedidamente. Ya sin cobertura sindical,
ni partidaria, ni productiva, el “afuera”, ahora, es
“delincuencia”. Los pobres, los sin trabajo, los desesperados,
los mendigos, ocupan la ciudad. Los sectores de poder –que
sometieron el país por medio de sus planes económicos–
lo han poblado de seres peligrosos. Esos seres recorren la ciudad
y Buenos Aires ya no es el “adentro”, como lo era para
Cané y su círculo patrio. Buenos Aires es un territorio
de riesgo, invadido por la barbarie, ya sean delincuentes o piqueteros.
Ellos, los poderosos, los han creado. Crearon a los delincuentes
con la economía de la miseria. Y crearon a los piqueteros
destrozando el aparato productivo, aniquilando a la vieja clase
obrera, organizada, con sindicatos, que hacía huelgas y no
cortaba rutas ni quemaba neumáticos. Eran el “afuera”,
pero un “afuera” organizado, controlado. Menem, al menos,
lo pudo controlar. Y ellos por su intermedio. Ahora la ciudad es
terreno peligroso. Los “nuevos bárbaros” lo han
invadido todo. Llegó la hora del country.
Al crear el country, la burguesía agraria y financiera confiesa
haber perdido la ciudad. No es agradable vivir en el encierro. Ni
aun si el lugar en que el encerrado se encierra es un palacio. Los
poderosos de los countries podrán alardear de muchas cosas
menos de una: ya no tienen Buenos Aires. Tienen que venir, trabajar
y huir. No es agradable ni saludable vivir rodeado de custodios,
viajar en coches blindados, vivir en espacios con perros y porteros
policías. El “círculo íntimo” cada
vez es más pequeño, porque los sectores de poder en
la Argentina siguen sin construir un país. Sólo saben
traficarlo, expoliarlo y –ahora– disfrutarlo en secreto,
amurallados.
De aquí la perfección metafórica del crimen
de Pilar. 1) La “barbarie” no es el “afuera”;
y la civilización, el “adentro”. El asesinato
no necesita entrar al country, está en él, habita
entre sus exquisitos residentes. 2) Para la acribillada María
Marta, el country, lejos de ser el lugar de su seguridad, fue el
de su extrema inseguridad, el de su muerte sucia y, hasta ahora,
impune. 3) Los señores del country pretenden que su privacidad
los prive de la acción de la Justicia. Que la Justicia no
entre al country, eso pretenden. Este es “nuestro” lugar.
Aquí nos hemos refugiado. Les dejamos la ciudad a la chusma
miserable, a los delincuentes. Nosotros, aquí. Entre árboles,
tenis, golf y piscinas. No nos molesten. Si queremos asesinar a
un familiar, lo hacemos. Para eso hemos “cerrado el círculo
íntimo”. Vivimos entre nosotros. Entre nosotros hacemos
negocios, jugamos al golf y nos asesinamos. La Justicia (inventada
y manejada por nosotros para controlar el “afuera”)
nada tiene que hacer aquí adentro.
A esta gente les sorprende que se metan con ellos. Que la sociedad
quiera, exija que se les aclare un crimen. La ecuación ámbito
privado = seguridad = impunidad es tan poderosa en su “concepción
del mundo” que interpretan un agravio que los sometan a esa
Justicia que están acostumbrados a controlar. Sucede que
ya no hay ámbitos privados. Cada vez pueden esconderse menos.
Incapaces de construir una sociedad para todos, una sociedad en
la que no tengan que esconderse, se hallaban acostumbrados a controlar
esos estamentos que debían servir para los “otros”,
no para ellos. Ser poderoso es ser impune. Pero no. Cada vez menos.
La sociedad se está hartando de toda esta casta. Sus refugios,
así, deberán ser cada vez más remotos. La búsqueda
de seguridad los aislará crecientemente. Esa playita de Mar
del Plata, por ejemplo. La reserva, se llama. ¿Cómo
si no habría de llamarse? Ni que Cané le hubiera puesto
el nombre. La reserva, el lugar que todavía nos queda, donde
todavía no llegan, donde todavía estamos seguros.
¿Cuál será el próximo lugar seguro?
¿Un asteroide? Pobre gente. Vivir así... ¿Cómo
no van a andar nerviosos? ¿Cómo no van a matarse entre
ellos?
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