El
crimen de Estado también fue privatizado en los 90. La decadencia
del Estado fue correlativa a la tercerización del asesinato
político, que existió en nuestro país desde
la llegada de los españoles, aunque hasta ahora no pudimos
concretar la liquidación de ningún presidente, como
es el
caso de los Estados Unidos.
Pero en los 90 algo cambió. Hasta entonces, los argentinos
miraban en dirección al poder político cuando la muerte
violenta sorprendía a alguien relacionado directamente con
él. Los sicarios que asesinaron al doctor Satanowsky en 1958
hasta portaban credenciales de inteligencia estatal.
El suicidio del hermano de Eva Perón nunca convenció
del todo a los argentinos, quienes todavía hoy, cuando alguno
lo recuerda, subraya la palabra suicidio para sugerir la duda aunque
haya transcurrido más de medio siglo. La ejecución
del general Aramburu dejó un rastro que, según insisten
sus amigos, llegaba desde la Casa Rosada .
En los 90 ingresaron nuevos protagonistas, criminales dispuestos
a hacerse un lugar en el diseño del nuevo país. La
mafia de las armas llegó a la Casa Rosada de la mano del
también traficante de drogas Monzer Al Kassar. Y como
parásito de la inmigración asiática también
llegó la letal mafia china. Ambas, hoy, son autónomas.
Las mafias étnicas no habían logrado desarrollarse
antes. Los toscos asesinos sicilianos y calabreses que intentaron
establecerse en los años 30, lo mismo que sus contemporáneos
de la mafia judía, fracasaron en la
Argentina del siglo XX.
Las silenciosas masacres de la mafia china no serían posibles
ahora si en la década anterior no se hubieran vendido al
mejor postor y con su ayuda más de cincuenta mil pasaportes
argentinos en las oficinas de nuestro país en Hong
Kong, Taiwan y China. Y la secuencia de muertes violentas asociadas
con el tráfico de armas a Croacia y el estallido de la fábrica
de municiones de Río Tercero, tampoco hubieran sido posibles
sin la entrada triunfal de la mafia
siria en la Rosada.
La extensión y profundidad del crimen en la Argentina es
unsubproducto indeseable aunque inevitable de la última década
del siglo veinte. Forma parte de una transformación de la
sociedad que no puede recorrerse en
sentido inverso, como algunos dicen creer. El crimen privatizado
conforma el paisaje argentino, lo mismo que los pueblos abandonados
por el ferrocarril y el hambre en las provincias.
La expansión de la mafia en la Argentina seguramente será
incluida por los historiadores futuros entre los daños colaterales
de la globalización.
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