La Nacion
JUEVES 19 de Agosto de 2004

Por Orlando Barone

Blaisten se apropiO de la literatura
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El domingo pasado conté sobre la imaginación de los niños. Hoy contaré sobre la imaginación de un adulto llamado Isidoro Blaisten.

Es un atajo entre tanto debate sobre el miedo y sobre los que lo infunden y sobre quienes, últimamente, practican la moda de sentirlo.

No se sabe quién, en la historia del mundo, es el que ha empleado en su obra escrita el mayor número de palabras. Quizás sea Dios el dueño de todas, aun de las que todavía no han sido creadas. Pero sé que en la International Society for Philosophical Enquiry, donde no se admite a nadie con un coeficiente de inteligencia inferior a 148, afirman que Shakespeare utilizó en su obra una media de 33 mil palabras. Aquí hay obras completas que no alcanzarían a 900, y gente notable que posa de culta a la que le alcanza una carilla para gastar sin gracia todas las palabras de su lenguaje. Sólo unos pocos compiten con Shakespeare. Claro que no bastan ni el surtido ni la cantidad de palabras; lo más importante es la belleza y la precisión con que estas cuentan algo y que ese algo tenga la dimensión de lo poético. No vale aquí la gran masa de libros que se publican desaprensivos, instigados por la indiscriminada impunidad de la computadora y del ocio rentado. No vale tampoco que un autor tenga fama y sea best seller, sino que sea capaz de justificarse cuando ya su consagración esté a solas y no dependa de la propaganda o del marketing. A esa categoría excepcional, de poetas solitarios y fuera de las tendencias, acaba de ingresar Isidoro Blaisten. Ya estaba en el umbral: ahora está adentro.

Mientras los piqueteros y los antipiqueteros se afanan en desimaginar lo que nos queda del imaginario y producen reiteraciones de tamaño pigmeo, está Voces de la noche.

Allí están derramadas por Blaisten. Las voces de los haikus del tintorero japonés y la del maestro oriental cuya sabiduría culmina siempre en una máxima que se vuelve contra él y lo deja en ridículo. Las voces del matrimonio del herrero llamado Herrero y la de su mujer con la cual hacen el amor en la cocina mientras humea la olla del puchero de repollo y codillo; la voz de los hermanos armenios que se odian sin saberlo mientras encargan camisones con olor a pensión húmeda; la voz de los judíos del Once, la de los presumidos intelectuales de secta, la de los seres comunes colmados de lugares comunes, la del chico con su máscara de Frankestein que larga tufo de comida grasosa por la boca, y las voces del cine del pasado y la del pasado que nunca fue cine y que sublima su belleza para creer que alguna vez la vida era otra cosa. Y está la voz del protagonista: ese vendedor de lencería con su ambulante valija y su obsesiva persecución del abominable que quiere acabar con la literatura.

"Nosotros aprovechamos la fuerza de los futuros escritores -anuncia la Corporación- para destruir la literatura. Son miles. Serán millones. Y no solamente escribirán, publicarán. Nosotros los publicaremos. La única condición será que ninguna novela baje de 820 páginas y que durante el transcurso el protagonista o la protagonista se detengan a meditar sobre el lenguaje ". " Corrompe tu aldea -agrega- y corromperás el mundo". Lástima no reproducir esa parte del libro de las "asquerosidades" de los escritores que les hacen hacer "porquerías a la gente". La burla es desopilante. Como la de Cervantes a las historias de caballería, ésta es su burla a los ingenuos "plomazos" de escatología y de perversiones.

Todo y todos estamos en el libro de Blaisten. El papel Manifold, Anaïs Nin y Henry Miller, Leopoldo Bloom, Balzac traducido por gallegos, la magdalena de Proust y los poetas de pizzería. Pero la que más está en el libro es la literatura. Es decir: la vida. Con su trágico cargamento de absurdo y de caricatura.
Blaisten da envidia.

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