"No soy un político en el sentido clásico de su definición; estimo ser, simplemente, un ciudadano con un profundo sentido humano. Hablo un lenguaje sencillo y apelo con frecuencia a los sentimientos, porque a mi juicio, ayuda a sus razonamientos y alivia su desazón." Esta explicación de Ricardo Balbín sobre su inconfundible estilo oratorio quedó registrada en una carta personal que le envió a José Luis Romero en 1976, en un intercambio que recién ahora se conoce. . La frase desborda una sinceridad poco frecuente en quienes hacen de la tribuna pública la principal herramienta de su acción cívica. Confesar que se apela a los sentimientos es casi como decir que se posterga el razonamiento en beneficio del impacto emocional. Sin embargo, era la vía elegida por Balbín para aliviar el dolor de la impotencia, recuperar la esperanza y acudir luego a la razón. Ese sería, justamente, el mayor mérito de su trayectoria política. . Si algo me quedó grabado de la militancia juvenil de los años cincuenta fue la imagen de aquellos grandes tribunos que batallaban por la libertad, en un medio político hostil, donde había que optar entre la obsecuencia o la persecución. Muy pocos era los que se atrevían a desafiar con entereza a un oficialismo tan prepotente como el de entonces. Sin embargo, allí estaban, alzando su voz donde podían y cómo podían. Y Balbín fue un ariete, el símbolo de todos ellos. . Clausurado los diarios disidentes, amordazadas las radios, prisioneros todos de una cadena propagandística asfixiante -que ningún joven militante de hoy toleraría-, los opositores debían aprovechar al máximo el breve respiro de las vísperas electorales que el peronismo les concedía sólo para justificar la vigencia de la democracia. Aunque la mayoría de los actos se autorizaban únicamente en locales cerrados, la proclamación de los principales candidatos, o sus cierres de campaña, fatalmente desembocaban en la plaza pública. No había más anuncios de esos mítines que algunos afiches callejeros pegados a la disparada, a escondidas de la policía y la imperiosa consigna transmitida boca a boca, sin distinción de partidos: "¡Hay que ir a escuchar a Balbín!" . Un orador inigualable . En el mayor sigilo, sin carteles ni bombos ni banderas, una multitud se iba formando silenciosamente alrededor de la tribuna de madera que se armaba en el parque Rivadavia, otras veces en plaza Constitución y ocasionalmente en las cinco esquinas de Parral y Gaona, al amparo del Cid Campeador. . Los socialistas, acostumbrados a la oratoria impecable y docente de nuestros viejos maestros, no concurríamos a esos actos radicales en procura de una pieza magistral; nada de eso, íbamos por espíritu de solidaridad para sentirnos unidos en la lucha contra el autoritarismo. La consigna nos llegaba como un mandato: "¡Hay que ir a escuchar a Balbín!" Su presencia despertaba gran ansiedad y al emerger, en medio de una oleada de pañuelos blancos, recogía una ovación que duraba los minutos necesarios para que cada uno liberara su bronca reprimida. Era el instante más feliz de una oposición impaciente por desgañitarse contra los funcionarios delatores, los sindicalistas prepotentes, los deportistas chupamedias, y los represores perversos, los profesores alcahuetes. De darse el gusto de vociferar contra la prohibición de libros, revistas, periódicos, films, obras de teatro, de protestar contra la persecución de actores, músicos, escritores y periodistas. . Balbín pedía calma, aunque aprovechando el primer segundo de silencio un vozarrón le reclamaba: "¡Pegales duro, chino!" Y el chino pegaba, pero con clase. No importaba tanto lo que dijera sino cómo lo decía. Arrancaba con voz grave, pausada, hasta que pasaba a un crescendo agudo, casi metálico. Ese era el tono justo para señalar las tropelías del régimen autoritario: "¡Quieren que nuestros hijos crezcan en la adulación, que aprendan a decir Perón y Evita antes que a pronunciar el nombre de sus padres!". De pronto, esa voz aguda se interrumpía, quedaba en suspenso y volvía a ser grave. Recuperaba el tono cadencioso para dictar sentencia: "¡No advierten que, tarde o temprano, darán cuenta a la historia de sus fechorías!" Una onda de aplausos cerrados se extendía por los cuatro costados. . En ese clímax Balbín encarnaba la dignidad de Alfredo Palacios, Nicolás Repetto y Carlos Sánchez Viamonte, presos por disentir, asumía el gemido del estudiante Ernesto Mario Bravo en la sala de torturas; reivindicaba los huelgas de gráficos, bancarios, municipales, ferroviarios y obreros de la carne, siempre declaradas ilegales; simbolizaba el decoro de los catedráticos cesanteados, los legisladores sancionados y los magistrados destituidos. En ese instante era la voz de la libertad, la que todos los opositores querían escuchar. |
Sin fueros . ¿Por qué Balbín se había convertido en el ariete de la oposición? Simplemente porque un soplón de la policía lo escuchó decir, en un mitin de 1950, que el gobierno eran una dictadura, lo que indujo a los diputados oficialistas -sus pares- a quitarle los fueros legislativos para facilitar su detención. Ese heroico alarde de servilismo se coronó poco después en La Plata: como era candidato a gobernador lo apresaron al ir a votar. Se lo llevaron incomunicado a Rosario, de ahí a la vieja prisión de San Nicolás y finalmente, en un aparatoso traslado policial, fue a parar a la cárcel de encausados de Olmos. . Desde el patio del penal, al verlo medio asomado a una ventana alguien tuvo la audacia de tomarle una fotografía y las copias se difundieron rápidamente, más que si se hubiesen publicado. Semejante protagonismo agigantó su imagen. Al darse cuenta del error, Perón quiso aprovechar las fiestas de fin de año para indultarlo, pero esa "gracia concedida" chocaría con la perversidad de sus adulones, quienes lo liberaron recién el 2 de febrero para que pasara la Navidad y el Año Nuevo entre rejas. . Veinte años después, Perón lo rehabilitó públicamente. Balbín no lo necesitaba, pero el anciano líder sí, porque esa presencia recordaba sus años de arbitrariedad. Perón quería amigarse. Balbín lo perdonó en silencio y se dieron un abrazo. Más que un acto de amistad fue un pacto de no agresión, que se cumplió a rajatabla. En ese momento Perón enfrentaba enemigos más duros, que había cultivado en sus propias filas. Al morir, Balbín le devolvió el gesto y fue "como un viejo adversario -dijo en el funeral- a despedir a un amigo". . Si aquel abrazo fue muy criticado, más le pesó a Balbín su mensaje televisivo en vísperas del golpe militar de 1976, cuando expresó: "Algunos suponen que yo he venido a dar soluciones y no las tengo. Pero las hay. Es la unión de todos los argentinos para el esfuerzo común". Lo único que se interpretó fue que no tenía soluciones, cuando en realidad se trataba de un llamamiento a la unidad nacional para evitar la intervención castrense. . ¿Pero quién tenía otras soluciones para salvar a esa presidenta atosigada e incompetente que nos legó Perón? ¿Los peronistas que la rodeaban, los que la insultaban, los que esperaban el golpe para disimular el fracaso? ¿La izquierda con sus fantasías de café? ¿La derecha espantada por la violencia? ¿Las Tres A? Los únicos que tenían soluciones -sus soluciones- eran los militares y por eso Balbín hizo sonar la alarma, pero nadie le llevó el apunte. . Debía ser un intelectual de la talla de Romero quien valorara aquel mensaje de sensatez: "Usted nos ha dado una gran lección de alta política -le escribió el 20 de marzo en una carta privada-; ha corrido el riesgo de no satisfacer a los que esperaban frases tajantes relacionadas con las cosas del día y se ha situado en una perspectiva del país que nos espera. Ha desdeñado lo anecdótico y, siendo un político activo y militante, se ha sobrepuesto a las preocupaciones y a los intereses inmediatos para mirar con profundidad y grandeza mucho más allá". . En lugar de subestimarlo Romero le agradecía: "En el sórdido clima que vivimos, sus palabras tonifican el ánimo y reavivan las esperanzas". Le hablaba desde la serenidad reflexiva de un pensador profundo, ubicado en el momento histórico. . Cinco días después que los militares ocuparan aquel vacío de poder, Balbín envió su respuesta: "La noche que determinó su carta, tenía a mis espaldas una decisión militar, que conocía. Debía aludir a un gobierno sin escrúpulos, que había herido gravemente las instituciones de nuestra civilización política que todos deseábamos defender y presentía la presencia de nuestro noble pueblo en estado de angustia, pesadumbre y de inseguridad en sí mismo. Olvidando conveniencias políticas y sabiendo lo despiadada que habría de ser la crítica de los politicólogos, de los que esperaban agresiones o de los que querían la lectura de un repetido catálogo de soluciones, quise servir de algún modo la esperanza de los desesperanzados y llamar a la responsabilidad de los que se iban o de los que venían. Su carta me dice que hice bien, por eso me emocionó su lectura, tan cargada de sinceridad y notables razonamientos". . Desde luego que hizo bien, porque Balbín era un romántico que había consagrado su vida a una causa harto difícil en la Argentina: la democracia estable. Por algo, cuando ésta languidecía, la suya era la voz de la libertad. |