| Ubicado en el diván, giré apenas la cabeza para poder contemplar el retrato de Freud. Se lo veía tranquilo, tenía el aspecto de haber dormido bien.
No era mi caso. Metí una mano en el bolsillo del pantalón y extraje el papel en el que había anotado mi sueño. Leí alguna vez que los sueños duran apenas segundos; sin embargo, tenía la sensación de que ese había ocupado toda la noche.
Todo empezaba en un desayuno familiar. Como siempre, utilizaba el diario no para leerlo sino para tapar la tostada y evitar que los que me acompañaban vieran cuánto dulce de leche le ponía. Hasta allí todo era normal, pero al caer unas migas sobre el periódico me detengo en un titular y me espanto: en letras catástrofe, de lado a lado de la página decía "Hitler ganó la guerra".
Las manos se me aflojaron, la tostada cayó, como siempre con el dulce para abajo, miré hacia la puerta y dije en voz alta: "ya no vamos a poder salir a la calle".
Allí empezó la verdadera pesadilla: la puerta se abrió y el propio Hitler entró sonriendo, se acercó lo suficiente como para poder palmear mi hombro y me respondió con serenidad: "cálmese, Herr Guinzburg, ni siquiera va a notar la diferencia".
"¿Cómo que no?" -pregunté tratando de vencer el terror. "¿Qué va a ser ahora del mundo libre?"
Hitler, siempre en mi sueño, rió como si yo hubiera contado un chiste alemán, miró a mi mujer y le sugirió: "Fräulein Guinzburg, ex plíquele a su marido que ese titular es viejo; que lo que él llama mundo libre es muy parecido a lo que yo soñé".
Piense -siguió mientras se sentaba a mi lado- en todo lo que pasó en este tiempo. ¿Tiene idea de cuántas guerras hubo desde 1945 hasta hoy? ¿Sabía que el número de víctimas, en este tiempo, se elevó en una progresión geométrica que yo ni siquiera hubiera imaginado? ¿Es consciente que el poder de destrucción de las armas de hoy convierten en cañitas voladoras a las que se utilizaron en la Segunda Guerra?"
Y siguió: "¿Usted cree que los campos de concentración terminaron conmigo? No, mein Guinzburg, en estos años se multiplicaron por todos lados: en Europa, Africa, Oriente... Y no necesita irse tan lejos; acá, en Sudamérica, intentaron copiar mi modelo y no lo hicieron tan mal".
"Además, si bien tengo el orgullo -se ufanó el Führer- de ser el creador de los artefactos que ayudaban a la muerte industrial, jamás se me hubiera ocurrido pedirle a mis ingenieros una bomba que mate a la gente sin derrumbar los edificios. Debo confesar que envidio la creatividad de los últimos tiempos; por fin coinciden conmigo en que los ladrillos son más valiosos que las vidas humanas".
"También me sorprendieron -suspiró el genocida- con el Napalm, el agente naranja, el gas sarín, ántrax y tantas maravillas que permiten que además de matar todo lo que encuentran a su paso, destruyan también los cultivos e inutilicen la tierra durante años. Eso garantiza que si hubo sobrevivientes, morirán de hambre. ¿Cómo no se me ocurrió?"
Mientras me pellizcaba tratando de despertarme, el genocida siguió, imperturbable: "en todos estos años, no faltaron limpiezas étnicas que destruyeran poblaciones enteras, ni bombardeos en asentamientos civiles y hasta un concepto que me encanta, guerra preventiva. Así tendría que haber justificado la invasión a Polonia, que me recuerda tanto a la de Irak. A propósito, el asustar al pueblo con las armas de destrucción masiva que después nunca se encontraron, ¿no es muy parecido al 'miente, miente que algo quedará' de mi amigo Goebbels? ¿Cuántas garantías individuales fueron eliminadas con el pretexto de la seguridad nacional?"
Con esa pregunta terminaba mi pesadilla. Volví a observar el retrato de Freud, miré a mi analista y le pregunté: "¿qué opina de mi sueño, doctor, no es terrible?" "Sí -concluyó él-, pero quédese tranquilo, Jorge, es sólo un sueño".
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